Es oportuno poner el foco de nuestra reflexión sobre este concepto. Dado nuestro acelerado estilo de vida, nos vemos abocados a decidir con rapidez y eficacia, sin mucho tiempo para la reflexión. Proliferan las ofertas de patrones estandarizados de conducta para facilitarnos esta tarea, y sin embargo, se observan signos de confusión en muchos individuos, paralizados por no saber cuál es la opción más conveniente. Los que se dedican a fabricar mitos afirman que no podemos permitirnos dispersar nuestra atención buscando alternativas, pero lo cierto es que seguir esta pauta significa un serio riesgo de caer en la inacción, en la apatía, en la abulia, y en último término en el abatimiento, con la mente bloqueada para elegir con acierto.
No es mejor que nos den todo hecho. Meditar sobre nuestros actos, aceptarnos tal como somos, comprometernos con nuestros objetivos, asumir el reto de lo desconocido, incluida la aceptación de otras perspectivas, tomar decisiones y actuar de acuerdo con nuestras capacidades utilizando las herramientas adecuadas de nuestra inteligencia, tratando de mejorarlas, nos otorga la verdadera dimensión de seres inteligentes, libres, humanos en su acepción más positiva. Y todo esto, sabiendo que no estamos solos. Activación es un término que en sí mismo denota acción y efecto de activar. Se puede pensar también en neuronas y conexiones sinápticas, además de otras acepciones que no vamos a enumerar. Todas tienen en común la estimulación de algo ya existente, bien sea en nuestra mente o en el mundo de la ciencia aplicada. Este significado es precisamente el que nos interesa resaltar. Hoy se tiende a estimular todas las facetas del comportamiento humano, tanto en el ámbito social como -y principalmente- en el campo de la percepción sensorial. Como suele decirse, se trata de que todo nos entre por los sentidos. Todos son susceptibles de ser estimulados. Para conseguir fidelización a los modelos y productos de consumo no se escatiman propuestas imaginativas; no importa exagerar la promesa, incluso provocar un entusiasmo mitificante con tal de alcanzar algunos objetivos a cualquier precio. En nuestra experiencia vital las cumbres luminosas alternan con llanuras en penumbra; por monótonas que parezcan, en ellas habitamos la inmensa mayoría de los seres humanos. Pero lo cierto es que la imposibilidad de satisfacer tanta promesa de felicidad hedonista inalcanzable origina en muchos casos frustraciones que desembocan en angustia, en estados distímicos, más o menos permanentes según la naturaleza del individuo que los padece. Son muy variadas y complejas las causas que hacen igualmente difíciles las soluciones. La misma tecnología que pone a nuestra disposición tan sofisticados medios de comunicación nos deja desamparados ante la tristeza de un niño abandonado o la mirada perdida de un anciano. Hay demasiadas personas que sufren soledad abrumadora. Pero si a quienes permanecen por algún tiempo en la región de las condiciones “extremas” de aislamiento les tendemos la mano y les facilitamos el puente de la autoestima y el compromiso consigo mismos y con los demás, cuánto más a las víctimas de la desenfrenada y frustrante actividad publicitaria. Nos enfrentamos a un producto residual, cada vez más extendido y preocupante, de una sociedad que desde hace tiempo ha priorizado el tener sobre el ser, el ruido sobre la meditación, el estrés sobre la paz interior. Todo refuerzo positivo que hagamos por superar esta escala de valores es poco. Sencillamente, buscamos la comunicación efectiva, el equilibrio personal, los valores de la compasión y la empatía. «Lo contrario a la depresión no es la felicidad, es la vitalidad». El secreto está en saber encontrar los elementos armónicos de lo cotidiano. No faltan obstáculos que nos frenan y comportamientos ajenos que nos escandalizan, sombras en las que acecha la depresión. Una de las formas de camuflaje en que esta se manifiesta es el silencio obsesivo, disfrazado de aparente discreción. Arrojamos luz desde los diferentes enfoques de la psicología conductista a este respecto. Puede que resulte difícil aceptar el término “silencio conductual” aunque quizá sea la mejor respuesta asertiva elemental que podamos dar a nuestra propia vida ante una situación de confusión transitoria. No hablamos de la ausencia física de material fónico, sino del estado psíquico que se asocia con el silencio, al que nuestra mente accede por un camino sinuoso, no exento de dificultades excesivamente ruidosas, que nos lleva hacia el autoconocimiento. En los confines de nuestro mundo interior se nos presenta una visión de un estado anímico plagado de dudas, de ansiedad que nos induce a cometer errores, de miedos que nos atenazan… Cuando nos libramos de estas ataduras, podemos ascender a un nivel superior y sumergirnos en un silencio meditativo que nos permite observar nuestra alma con cierto sosiego, libres de interferencias y vibraciones de otros individuos que comparten espacio con nosotros. En esta estancia se avivan los sentidos, aumenta sensiblemente el poder cognitivo que predispone a la acción constructiva. El Psicólogo puede acceder a la mente en cualquiera de los modos de silencio que la embarguen, pero sin duda es mucho más asequible si el paciente adopta una actitud positiva: El hecho de acudir a su gabinete es señal inequívoca de que no ha echado el cerrojo por dentro, de la aceptación de su realidad, de su disposición a transformar su pensamiento: “No «estoy deprimido», sino “estoy teniendo el pensamiento de que estoy deprimido”, sin perder nunca de vista su experiencia pasada. «El pasado nunca está muerto. Ni siquiera es pasado» (William Faulkner). Dentro del proceso de activación conductual se establece una comunicación fluida y reveladora, tan potente que puede desbloquear cerraduras, desvelar mensajes encriptados, desmontar barreras en la medida en que podemos adoptar un plan de aprendizaje y refuerzo de una conducta adaptativa acorde a las características del individuo, que permita el desarrollo de todo su potencial y la restauración de una conciencia plena de sus valores personales. En definitiva, el paciente tiene la última palabra: “Si nuestro pensamiento es sencillo y claro, estamos mejor equipados para alcanzar nuestras metas” (A. Beck)

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