“Yo no soy quien quisiera ser. No soy el que debería ser. No soy el que mi mamá quería que fuese. Ni siquiera soy el que fui. Yo soy quien soy.” (J. Bucay). En nuestra evolución desde la infancia a la adultez afrontamos un desafío permanente de adaptación al medio en que vivimos. Es nuestra tarea vital llegar a ser lo que queremos y tomar conciencia de lo que somos. Superar conflictos, reaccionar a los estímulos externos y a las situaciones de estrés, introducir cambios en nuestra rutina, forma parte del proceso de maduración hasta alcanzar un nivel de salud mental satisfactorio y poder sentirnos emocionalmente equilibrados. Hacemos ejercicios para mejorar nuestro estado físico, practicamos la meditación para vigorizar nuestro espíritu; alimentamos la motivación interna para adoptar una actitud diferente ante situaciones distintas, aunque no siempre seamos capaces de prever las consecuencias. Generar cambios de nuestra conducta implica ser conscientes de nuestros activos personales, de nuestras aspiraciones y objetivos. De igual modo, si nos preguntarnos qué podemos hacer para cambiar lo que vemos más allá de la ventana, quizá la respuesta sea modificar la foto fija en nuestra mente de la realidad en la que estamos inmersos, tan cercana que puede estar deformada por falta de perspectiva; tan densa que nos impide percibir los pequeños detalles personales que nos hacen amarla o repudiarla. En todo caso, antes de mirar afuera debemos estar seguros de ser autocompasivos; aceptarnos tal como somos es un paso previo para corregir y, si es posible, mejorar la calidad de nuestra propia imagen. Después debemos ajustar las lentes para mirar a nuestro alrededor. Distanciarnos del objetivo no significa perderlo de vista, sino situarnos a la distancia adecuada para apreciarlo en su justa proporción. La lupa no acrecienta la bondad, ni hace que la paja sea más grande que el ojo que la alberga. No basta con abrir las ventanas de par en par y observar las modificaciones en la conducta de las personas que viven en nuestro entorno. Es necesario valorarlas, por insignificantes que parezcan, desarrollar nuestra capacidad empática y adoptar nuevas actitudes ante ellas. Comprender y aceptar a los demás en toda su complejidad nos prepara para asumir la diversidad y el poder expansivo del pensamiento. Amar la vida implica amar los cambios que la sustentan. El presente siempre da opciones al futuro. Basta mirar a unos niños que juegan juntos sin importarles más el color de su piel que el de sus ojos, creciendo y aprendiendo a ser agentes responsables de sus cambios personales. Si les damos opciones y les prestamos la ayuda necesaria, posiblemente llegarán a ser protagonistas de sus sueños realizados. Así pues, conforme recorremos el camino, constatamos la fuerza y la capacidad de adaptación de nuestra mente para gestionar los cambios que experimentamos en la vida. Alterar las leyes que la naturaleza nos impone es imposible; no está en nuestras manos librarnos de su inexorable aplicación, pero podemos afrontar con dignidad las consecuencias de nuestros actos si asumimos la responsabilidad de nuestras elecciones. «No podemos cambiar la dirección del viento, pero sí ajustar las velas para dirigirnos a nuestro destino».

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