Hacer análisis rigurosos, emitir juicios atinados, elaborar razonamientos coherentes, ganarse el sustento de cada día… son ejemplos de actividad humana que requieren fuerza de voluntad, constancia, destreza mental, discernimiento. Todas implican una etapa de formación y un periodo de ejercicios prácticos que aseguren el deseado resultado satisfactorio. Ser capaces de sacar adelante a los hijos es, sin embargo, una habilidad que nos parecería razonable poseer por el simple hecho de acceder al estado parental. La experiencia nos demuestra que no es así. Pocas familias se libran de algún conflicto en el contexto de las relaciones parento-filiales. ¿Podría decirse que la naturaleza priva a los padres de los suficientes elementos para afrontar con éxito la crianza de sus vástagos; y que aquello que la naturaleza no da, los estudios no lo prestan? Una respuesta afirmativa podría llevarnos a invocar esa carencia como la mejor excusa para librarse de la responsabilidad de un eventual fracaso individual. Aun no siendo así, cabe preguntarse por qué resulta tan difícil aprender a desempeñar la compleja función educativa con acierto y eficacia. Sería aceptable afirmar que es demasiado competitiva la estructura social en la que han de insertarse los nuevos miembros que nacen en la comunidad, y por tanto es preciso un largo proceso de formación personal para afrontar con cierta garantía de éxito la tarea de educar a los hijos, además de contar con los dones que la naturaleza otorga a cada individuo. Por su parte, los hijos, segundo elemento del binomio parento-filial, aspiran a alcanzar el mayor grado posible de lo que podríamos llamar autoestima identificativa. Todo miembro de una familia tiene derecho a disponer de los recursos afectivos suficientes y necesarios para asegurar su equilibrio emocional y reforzar su autoestima en el marco de las complejas relaciones familiares, hasta construir su identidad distintiva. Es frecuente observar que algunos que nacen y viven en un ambiente hostil desarrollan habilidades notables a la hora de buscarse la vida desde sus primeros estadios; claro está, también sucede lo contrario, que los más desvalidos necesitan más ayuda que los demás para medrar. Unos y otros pueden terminar siendo víctimas de un sistema terriblemente selectivo que premia a los mejor formados, aunque aparentemente menos dotados desde el punto de vista de la agudeza de ingenio para buscar el sustento con cierta osadía y pocos remilgos. Sin embargo, no por ello abandonamos a los hijos a su suerte para que se curtan en situaciones adversas, más allá de las dificultades que se presentan en la vida cotidiana.
Dejar que los hijos vuelen no significa permitir que se estrellen contra el suelo en su primer despegue. A ningún entrenador se le ocurriría cortar las bridas del paracaídas del principiante para hacerle “comprender” el riesgo de una caída libre. Como en todo proceso de entrenamiento, los padres procuramos que nuestros hijos no fracasen en su primer paso, estimulándoles a dar los siguientes con autonomía y seguridad. Todo un mundo se extiende ante ellos, y la fuerza de su instinto les impulsa a caminar. Aunque a veces se dice que el exceso de cuidado debilita la voluntad, «el auténtico amor no cansa, ni se cansa». Lo cierto es que la indiferencia impide radicalmente el proceso educativo.
La naturaleza nos dota de capacidad de aprendizaje; es decir, nuestra mente es susceptible de llenarse de sabiduría para desarrollar sus funciones y desempeñar correctamente las tareas rutinarias. Es un reto personal tomar decisiones para ejercer el derecho a ser uno mismo, respetándose y respetando el espacio de los demás. El primer acento de Autoestima está en uno mismo: ser consciente de la propia existencia; el segundo enfatiza defenderla y compartirla a través del flujo afectivo de nuestras emociones.

Comments are closed.