No sabemos exactamente, aunque sí imaginamos, qué podía sentir aquel muchacho, nacido a los pies de las perpetuas nieves africanas, cuando alcanzó el éxito tan lejos de su hogar; qué anhelaría aquella madre después de haber visto a su hijo crecer a ras de suelo, y corretear en torno a la humilde choza en la que dio sus primeros pasos, al verle alejarse tras un señuelo, tan inaccesible y distante como la cumbre del monte de sus ancestros, para llegar a una meta, una simple línea blanca aplastada contra el suelo; qué pasaría por la cabeza de ese hombre robusto, padre valiente y orgulloso de su pasado, al comprobar que la mente de su vástago era tan fuerte como las raíces de su tierra; qué dirían aquellos que le vieron partir a un país extraño sin más equipaje que la fuerza de su voluntad ni más estímulo que el deseo incontenible de ser feliz.
Podemos intuir el poder de sus músculos para llevarle sobre la pista más larga a la victoria que todo atleta aspira a conseguir; podemos dar por cierta la fortaleza de su corazón para resistir el enorme esfuerzo que tuvo que realizar para vencer el desaliento y superar la fatiga. Nos sobrecoge y nos admira la fuerza de su voluntad para seguir adelante, un paso después de otro, y alcanzar su objetivo.
Su energía interior se manifestaba en la construcción de su presente. Le hizo vivir su vida como una gran aventura, y plantearse otro reto, mirando adelante con esperanza, con ilusión. Él no corría en balde. Todos sus esfuerzos tenían un propósito: cumplir sus sueños. Entendió que la única manera de alcanzar la auténtica meta de la felicidad es compartiéndola con los que él eligió como compañeros de su viaje vital.
Esta clase de viaje no tiene retorno; como en una carrera de fondo, solo cabe ir adelante. La vida es más corta de lo que parece, y no es posible mirar atrás, ni hacer caso de los que no pudiendo te dicen que tú no vas a poder. Sin olvidar que nunca estás solo, son tus propias decisiones las que están en juego. El fracaso no es tropezar y caer, sino detenerse y abandonar la carrera. Por otra parte, también de un error se aprende. Como dice el dicho, no hay mal que por bien no venga. Se trata de saber dar sentido al error y transformarlo en un impulso hacia el objetivo. Y si acertamos, la recompensa es mucho mayor que el más preciado de los trofeos: el equilibrio emocional. Ese es el auténtico éxito personal.

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