Siempre que iniciamos una revisión de nuestros vínculos afectivos, o nos implicamos activamente en un proceso de restauración anímica, desde el primer momento sentimos el flujo emocional que surge de nuestra relación con esas personas cuyas vidas se entrelazan con la nuestra en una especie de ovillo en el que son muchos y de diversa textura los hilos que nos conectan. A veces nos encontramos con hebras  residuales, desgastadas de tanto dar vueltas, sometidas a estresantes relaciones personales; si tiramos de ellas, se rompen fácilmente. Su pérdida puede resultar penosa, pero somos conscientes de que es difícil tejer una urdimbre consistente con tales hebras. Otros son hilos de reciente factura; aunque son fuertes, su punto débil es la poca resistencia. No están acostumbrados a intensos tirones durante mucho tiempo seguido y al final también se parten. Si aprovechamos solo los nuevos, habremos olvidado una parte fundamental de la experiencia acumulada en diferentes avatares. Si desechamos los afectados por la fatiga precoz, carece de sentido poner en marcha nuevas ideas por un camino trillado. Mejor es trenzarlos juntos, y de este modo obtenemos lazos indestructibles, como esas sogas curtidas en mil amarres a puerto. Lubricadas con nuestras íntimas emociones, estas amarras no pueden deshacerse. Si queremos soltarlas sin que dañen nuestras manos, sentimos que son elásticas, flexibles. Los sueños también forman parte de este entramado, y en ellos liberamos nuestras emociones, que de este modo cobran una extraordinaria relevancia en el proceso de nuestra supervivencia espiritual en el entorno de nuestro grupo social. En mi gabinete de psicología conocemos y analizamos esas otras ataduras, como los prejuicios y creencias irracionales, que nos impiden crecer anímicamente y sentirnos libres para tomar nuestras propias decisiones. Superar  el  abatimiento, fortalecer el estado de ánimo es un  objetivo que exige un esfuerzo permanente para mantenernos alerta, dispuestos en todo momento para interpretar con inteligencia y optimismo el impacto de las emociones a los que la mente está expuesta a lo largo de la vida. El tiempo juega un papel decisivo en la conservación de un buen paño, pero sobre todo son los cuidados que le dispensamos los que prologan su utilidad. Asimismo, una mente ávida de autoconocimiento, capaz de soportar tensiones y afrontar desafíos, se despliega, potente y diáfana, haciendo «más visible» su energía gracias a una buena conexión a la luz de un cuidado psicológico adecuado.

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