Ponemos etiquetas a todo lo que llega a nuestro cerebro a través de nuestra percepción sensorial. Nos aplicamos a nombrar las cosas de las que tomamos posesión, como una parte del ritual de un acto creador. Etiquetamos las acciones cotidianas que realizamos a lo largo de nuestra experiencia vital, poniendo límites y marcando el recorrido como si fuera el hilo de Ariadna para reconocer nuestros pasos en un hipotético camino de retorno. Ponemos etiquetas a nuestros pensamientos para convencernos de que son genuinos y no prestados. Esta es, precisamente, una estrategia de defensa. Para asegurar nuestra felicidad, establecemos escudos mentales con los que tratamos de protegernos de injerencias y de manipulaciones, que representan, por otra parte, auténticos hitos de referencia en el proceso del Autoconocimiento. Nuestras capacidades y manifestaciones están rigurosamente estudiadas y difundidas. Sin embargo, constatamos que a pesar del impresionante desarrollo neuronal de nuestra mente, estamos muy lejos de alcanzar un nivel de intercambio intercultural satisfactorio. Desde un punto de vista psicolingüístico, no se ha resuelto el problema de aislamiento real que se produce en nuestra sociedad, aunque son muchas y sofisticadas las herramientas tecnológicas de comunicación. Un libro, un móvil, pueden funcionar como pantalla. Metodologías ancestrales nos ofrecen algunas sencillas propuestas, aunque en la práctica no siempre son fáciles de llevar a cabo. Esos mismos escudos protectores se convierten a veces en barreras que frenan nuestro avance. Como hemos dicho en alguna ocasión, una profusa descripción de síntomas, carente de rigor a falta del experto diagnóstico del psicólogo, ciertas creencias irracionales, un exceso de señales de dirección en muchas encrucijadas de nuestro camino son elementos que debilitan la voluntad. Nos parapetamos detrás de estos escudos, convencidos de su valor defensivo; pero olvidamos que la superación de obstáculos y la aceptación del riesgo de fracaso son parte ineludible de nuestro vivir cotidiano. Debemos transformar algunos de estos escudos en rejas de arado que nos ayuden a desenterrar y controlar nuestros miedos, y a hacer más fluidas las relaciones personales. Podemos escapar del laberinto, por sinuoso que sea su trazado. No hay panacea universal. Alcanzar el equilibrio personal requiere constancia. Se trata de pequeñas dosis de alimento para el espíritu, de meditación, de la práctica de consciencia plena, de resiliencia tras los fracasos, de conductas de motivación, aceptando nuestras limitaciones. El objetivo es ambicioso: mejorar cada día, tratar de alcanzar la felicidad viviendo plenamente conscientes de nuestra experiencia, evitando que las etiquetas de nuestros errores nos impidan relacionarnos positivamente con nuestro entorno.

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