«Convencidos de que el rostro es el espejo del alma, sentimos un impulso irresistible de mirar dentro del ojo ajeno, esperando que la imagen reflejada matice la huella de nuestras emociones”. Hemos aprendido a dominarlas, a expresarlas cuando estamos solos o en presencia de la persona que nos comprende y las comparte. El arte del disimulo, que no es exclusivo del ser humano, forma parte del acervo cultural, y lo practicamos con fines tan aceptables como el de la propia subsistencia. No es solo una adquisición perfectamente elaborada para ocultar o controlar la expresión espontánea de nuestros sentimientos; tiene también un componente de capacidad mimética, heredada de nuestros ancestros naturales, que nos permite protegernos contra posibles injerencias y al mismo tiempo nos ayuda a marcar nuestra posición en toda relación personal.
Este comportamiento implica cierta dosis creativa para componer la imagen apropiada. Toda convención social está impregnada de un sentido pragmático que ayuda a desenvolverse dentro del grupo. Emitimos señales inequívocas de placer o desagrado esperando que alguien tome buena nota de nuestro estado de ánimo cuando deseamos que los demás se percaten de ello. En otras ocasiones, en cambio, procuramos que nuestras emociones pasen desapercibidas, por miedo a que sean valoradas como signo de debilidad. La morfopsicología defiende que nadie es íntegramente responsable de su cara, pero sin duda lo somos de las expresiones faciales. Elegimos el rostro social más adecuado a cada situación comunicativa, entre una abierta manifestación o una discreta expresión de nuestras emociones. Sin despreciar el juicio que los demás puedan hacer de nuestra expresión no verbal, dejando a un lado las interpretaciones sesgadas o erróneas por falta de información, o condicionadas por nuestra propia biografía, nuestra meta es el autoconocimiento, la herramienta que nos permite pulir nuestro espejo, reflejar nuestra mejor imagen y elevar el nivel de autoestima.
Por otra parte, el placer y el sufrimiento están tan presentes en nuestra experiencia cotidiana que es muy difícil evitar que nuestro rostro refleje sentimientos tan básicos. No hay imagen más elocuente que la de un niño satisfecho y feliz, ni marcas más terribles que las del dolor en el rostro de un ser humano. Nuestra actividad está encaminada a potenciar los unos y combatir o erradicar los otros. Para lograr este objetivo, aprovechamos todos los medios que están a nuestro alcance. Uno de ellos es la meditación. Gracias a esta práctica, habilitamos nuestra mente para la comprensión de lo que somos, de nuestra necesidad primordial de autorrealización (A. Maslow).
Si llegamos a alcanzar un alto nivel de concentración meditativa, hasta el punto de apreciar nuestra alma más profunda en toda su extensión, podremos ofrecer una imagen de la realidad que descubrimos al descender a ese territorio interior en el que nada es más relevante que nuestra identidad, vacía de todo adorno superfluo. Es un ámbito en el que podemos desnudarnos por completo de todo artificio, sin riesgo de ser descubiertos ni criticados. Sin caer en la autocomplacencia, no renunciamos a ser actores y espectadores de nuestra propia obra, testigos de nuestra identidad.
Si conseguimos viajar al centro de nuestras emociones con el propósito de que nuestro ego avasallador no nos esclavice con todas sus flaquezas apoderándose de nuestra vida, anulando toda imagen positiva que hayamos forjado de nosotros mismos, podemos escuchar con verdadero placer el ritmo palpitante de nuestro corazón como la señal inequívoca de nuestra vitalidad, aunque nos cueste mucho mirar insistentemente en el fondo de nuestra mente por miedo a descubrir que no es la imagen del estereotipo al que nos gustaría parecernos. Aunque no siempre es fácil adoptar una actitud positiva ante nuestros éxitos o fracasos, debemos ser compasivos con nosotros mismos, observarnos sin prejuicios, alejados de una actitud narcisista que nos haría ser prisioneros de nosotros mismos, aceptando nuestros activos como el mejor bagaje con el que contamos, y propiciar los cambios necesarios para que esa imagen que proyectamos hacia los demás sea un reflejo de coherencia entre nuestros actos y los valores que los sustentan. Si todo ese mundo ficticio que hemos construido en torno a nuestro ego se desmorona y nos desnudamos ante nuestro auténtico YO, nos hacemos completamente transparentes y visibles tal como somos; esto no debilita los lazos que nos unen a los demás, al contrario, los refuerza y nos hace más flexibles y comprensivos de la realidad en la que estamos inmersos. «Bastaría entonces con mirarnos al espejo para comprobar que lo que vemos no es una imagen, sino nuestra auténtica esencia».

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