Cuando estamos sometidos a una situación de inestabilidad emocional, nuestra mente se pone inmediatamente en marcha para elaborar un plan de recuperación anímica. El objetivo primordial es volver cuanto antes al punto de equilibrio. Se trata, en primer lugar, del conocimiento de nuestro espacio interior. Para ello, disponemos de recursos personales y de los que otros pueden ofrecernos. Pero no es posible alcanzar este objetivo sin adaptarnos al entorno más inmediato, donde recibimos las huellas de los que nos rodean tocando nuestra piel. En el mismo instante de nuestro nacimiento nos vemos abocados a la conquista de un mundo impredecible, lleno de estímulos sensoriales. Nuestros primeros pasos nos van llevando hacia ese encuentro sorprendente con nosotros mismos, a tomar conciencia de nuestra propia existencia y del conjunto de individuos, referentes imprescindibles a los que necesitamos y también nos necesitan, aunque no siempre nos reciban con los brazos abiertos. Es necesario, por tanto, reconocer nuestros anclajes a la vida, y saber que no están hechos de materia inerte, sino que son elementos dinámicos, capaces de establecer conexiones sinápticas, de relacionarnos socialmente, de controlar nuestros instintos, de satisfacer nuestras necesidades afectivas y cognitivas que nos ligan al tejido existencial. En segundo lugar, conquista implica esfuerzo para apoderarse de un territorio. El de la individualidad es, sin duda, el más difícil de dominar. En efecto, desde el momento en que la iniciamos, surgen los primeros conflictos. Nos enfrentamos a nuestros temores, a las normas, a las directrices, no siempre claras, que se nos imponen. Miramos alrededor, y difícilmente encontramos armonía. El campo de acción es estresante, está plagado de señales confusas, cargadas de intencionalidad, cuyo significado ni siquiera es aceptado de forma unánime. Es fácil caer en el desánimo y rendirse sin luchar. Pero tampoco faltan los puntos de apoyo y asistencia psíquica. Podemos restaurar nuestra mente en la consulta del psicólogo, que nos ayuda a despejar nuestro camino de dudas, de ansiedad, y descubrir que, si queremos, somos capaces de superar los conflictos o, al menos, reducirlos a niveles soportables. Incluso si estamos tristes, o pensamos que el mundo nos rechaza, él nos tiende una mano a la que asirnos para reforzar nuestra autoestima y aprender a amarnos tal como somos. Resolviendo la dialéctica entre lo que expresamos y lo que sentimos, podemos buscar el equilibrio entre ambos mundos, el de la realidad tangible, empapada de cotidianidad, y el de nuestra experiencia interior, conectados entre sí a través de una constante práctica meditativa. Somos conscientes de que el flujo vital de nuestra energía tiene una dirección de doble sentido, hacia la plenitud individual y, por extensión, hacia la del grupo al que pertenecemos. En este proceso se suceden etapas de alejamiento y aproximación no solo con los demás, sino con nosotros mismos. Cuando estamos arriba nos sentimos eufóricos, disfrutamos de nuestros logros, reconocibles gracias a la visibilidad de nuestros valores. Pero si caemos bruscamente, nos recuperamos lo antes posible para seguir adelante con nuestra tarea diaria de construcción personal. En esta fase pueden aparecer eventuales episodios de pensamiento autodestructivo. Es entonces cuando más necesitamos del acompañamiento del experto para tomar las medidas apropiadas y generar una visión positiva de la situación que nos agobia. Y por supuesto, no va mal reflexionar sobre el dicho “no hay mal que cien años dure”. Por otra parte, la búsqueda de la afirmación personal no es tarea más difícil que cualquier otra actividad de nuestra mente, aunque sí es una de las que requieren más disciplina y tenacidad. Hay que estar preparados para aceptar que lo hecho en un día con gran esfuerzo puede desmoronarse en un instante. Para ello, tenemos que trabajar la autoconfianza, antesala del poder mental. Si nos proponemos objetivos de altura, tarde o temprano seremos capaces de alcanzarlos. Debemos repetir diariamente afirmaciones que vayan en esa línea: el proceso meditativo exige creer en nosotros mismos y sentirnos libres para tomar decisiones correctas. Este sentimiento debe estar íntimamente ligado al convencimiento de que “llegar a ser dueño de sí es una tarea que, en última instancia, cada uno tiene que hacer solo… Eres tú quien define lo que piensas, sientes y crees” (H. Goldhor Lerner). No exigimos que otros hinquen su arado en nuestro surco, pero si lo hacen, la ayuda de otras manos en nuestra mancera no significa que seamos débiles, sino que aceptamos que solos no podemos labrar nuestra parcela. Ser realistas es un buen contrapeso a un exceso de pretensión afirmativa. Una síntesis de ambas cualidades, ser asertivos en su justa medida, es condición indispensable para avanzar en el camino hacia la autorrealización, sin prisa, sabiendo que «el tiempo es inútil para la cosa más esencial de la vida, para la única cosa que importa; la autorrealización, que significa saber quién eres más allá del yo superficial; más allá de tu nombre, de tu forma física, de tu historia personal, de tus historias». (Eckhart Tolle)

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