Nos fascina el poder mágico de esos personajes que cobran vida en los cuentos o que llenan las pantallas con sus hazañas; pero es mucho más asombroso todavía el poder de nuestra mente. Tomamos conciencia de lo que exploran los sentidos, hacemos uso de nuestros recursos cognitivos para racionalizar la experiencia cotidiana, creamos todo lo que es imaginable. Nos gusta y podemos ser geniales. Sin perder de vista la expresión individual, todos participamos en alguna medida de la genialidad colectiva. Si todos llevamos un genio dentro de nosotros, se trata de hacerlo crecer. Estamos diseñados para desarrollarnos y, si es posible, trascender más allá de lo que es accesible a los sentidos. Aunque alguien dijera que “la realidad es simplemente una ilusión muy persistente”, la genialidad no es un simple producto de la ficción irrealizable, sino realidad tangible. Conocemos el resultado de su manifestación en auténticos seres superiores cuyas ideas guían nuestras mentes, alimentan nuestro pensamiento y complacen, además, nuestros sentimientos. Ellos potencian nuestra  imaginación; nos impulsan a investigar recursos, a pensar soluciones, a disfrutar de lo bien hecho, a aceptar y perdonar errores; a soñar con ser como ellos para alcanzar nuestros objetivos. Sin caer en el determinismo genético, podemos aceptar que ser genialmente cualificados no es una categoría exclusivamente hereditaria, sino que la práctica tenaz permite adquirirla y superar con creces lo que los salmantica prestan y la naturaleza otorga. No es imprescindible una superdotación de recursos para generar un valor añadido gracias al esfuerzo, la resiliencia y la motivación. La vida que late en cada uno de nosotros nos proporciona las vías de superación. Podemos crear nuestra propia realidad, modelarla con nuestras manos. Millones de neuronas se conectan entre sí en nuestro cerebro y nos relacionan con el mundo que nos rodea; permiten que nuestra mente genere nuevas ideas, diseñe estrategias y elija la opción más adecuada para garantizar su correcto funcionamiento y el del cuerpo que las sustenta. Los individuos, al nacer, disponemos de un espacio relacional sobre el inmenso tablero de ajedrez de la vida. La proximidad con el que ocupa la celda contigua nos obliga a establecer complejas relaciones entre todos los que jugamos la partida, poniéndose de relieve la capacidad de la mente del ser humano para crear simulaciones y metáforas. El desarrollo evolutivo podría matizarse como una metáfora de la vida, tanto más cohesionada y plena cuanto más fácilmente apreciables sean las cualidades que poseemos. La superación de la etapa simbólica hacia el pensamiento lógico formal nos ha hecho tender a simplificar esquemas, etiquetar y clasificar la realidad que percibimos. Avanzamos hacia el dominio del espacio espiritual al tiempo que vamos resolviendo los avatares derivados de nuestra naturaleza hílica mediante las decisiones que tomamos para hacer lo mejor que sabemos con el experimento de nuestra existencia. Nuestra imaginación fascinante nos proporciona argumentos para pensar y el deseo incontenible de exhibir superpoderes -tal vez los tengamos sin saberlo- , libres de ataduras y convencionalismos sociales, como el niño que siente en su mano el peso ligero de una pluma e imagina que puede hacerla volar, impulsada por su aliento, seguro de que podrá hacerlo si no hay nadie a su lado que le diga que no puede. Ese es el auténtico patrimonio de una mente prodigiosa. Es posible que, como dijo Albert Einstein, “el don de la fantasía signifique más que el talento para absorber el conocimiento positivo»

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