Inmersos en una sociedad en la que las normas de conducta están perfectamente establecidas, y los límites de lo permitido claramente definidos, cuando decimos que somos conscientes de nuestros propios errores no solo estamos rechazando el eximente de la ignorancia, sino que además reclamamos nuestra responsabilidad sobre tales actos: aceptamos que no es posible equivocarse sin sentirse culpable por ello, e incluso nos planteamos la revisión de los criterios de conducta aplicados. Nuestra mente está preparada para apreciar hasta dónde llegan los límites establecidos, pero no puede por sí sola abarcarlos en toda su extensión. Como parte de un conjunto, no es preciso que todos los individuos lleguen hasta los confines del área de influencia de la moral establecida. Cada uno aporta su percepción subjetiva, y entre todos componen una visión global atinada. Es ilustrativa la imagen de una bandada de aves en vuelo, en la que un individuo responde solo de quienes están a su lado, de tal modo que el error o el acierto en la elección son el resultado del conocimiento colectivo. Es imprescindible la referencia a la conducta grupal, como manifestación de la inteligencia colectiva, para marcar pautas de carácter universal, determinantes de la dimensión holística de la ética, basada en la suma de los comportamientos individuales, sin los cuales no podríamos definir la virtud del acto humano.
Responsabilidad es un valor que implica reflexión, respuesta, elección, y a su vez conocimiento cabal de las exigencias y de las consecuencias del acto responsable. Los errores forman parte del crecimiento interior, no son un demérito de la inteligencia; ni siquiera los que se denominan “calculados”, que se cometen entre varios individuos con la pretensión de diluir la responsabilidad personal; sin embargo, solo el sabio acepta su falibilidad y aprende de ellos para evitarlos. Pero ¿qué ocurre si la mente adolece de una mala información, o carece de referencias precisas? Puede manifestarse de diferentes modos. Uno de ellos es cometer el error de calificar lo prohibido como objetivo atractivo y digno de ser conquistado. La desorientación de un volador solitario hace predecible su fracaso, pero si un grupo pierde su norte las consecuencias pueden ser catastróficas. Sabemos que la mente no siempre está en condiciones de reconocer sin ambigüedad lo que es correcto; menos aún cuando un individuo se ve afectado por estados de baja autoestima o episodios depresivos que lo aíslan de su entorno. Cuando falla esta relación, se hace imprescindible la ayuda del experto para restablecer la salud de las conexiones psíquicas que hacen posible la comunicación sana y eficiente entre los miembros de un grupo social.
Por otro lado, una expresión de madurez moral es el hecho de ser conscientes de la calidad y repercusión de nuestros actos. A este respecto, hay algunos “ídolos del mercado” (F. Bacon) que distorsionan esa percepción e influyen poderosamente en la valoración subjetiva de la conducta propia o ajena. El psicólogo se enfrenta en ocasiones a conductas que revelan una visión de la realidad condicionada o inducida por la fragilidad de muchos ideales, por falta de ejemplaridad de los referentes educativos, por ciertos hábitos personales, por un lenguaje contaminado por fabulaciones y mensajes deliberadamente ambiguos. Podemos someter nuestro comportamiento al juicio radamantino de nuestra conciencia estricta o bien adoptar una actitud permisiva. En todo caso, disculpar errores achacables a la falta de claridad en las reglas del juego no implica en modo alguno que no debamos discernir lo bueno de lo malo. Es propio de una mente equilibrada aceptar la responsabilidad personal en la construcción de objetivos compartidos que afectan al desarrollo positivo integral del ser humano.

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