Los dones naturales tienen mucho que ver con la Genética. Se ha dicho, al respecto de la libertad del ser humano, que son los genes los que gobiernan nuestros actos. Dicho de otro modo, en la naturaleza ellos marcan una pauta decisiva. Nos utilizan en su beneficio e incluso nos seleccionan, si es necesario, para lograr su propósito de supervivencia de la especie. En consecuencia, ¿podría decirse que la libertad de pensamiento es el más sublime logro evolutivo? La supremacía del hombre sobre otras especies no ha librado a este de ciertas pautas  de conducta determinista. Es propio del pensamiento humano fundamentar la expresión creadora y depositar sus éxitos y fracasos en manos de seres superiores. Ahora sabemos que también nosotros podemos decidir sobre nuestras vidas. No somos víctimas de nuestros genes. Por encima de la concepción hereditaria, está la capacidad de sacrificio, la fuerza interior, la actitud positiva a la hora de compartir experiencias y posicionarnos ante los eventos que afectan al desarrollo afectivo. En todos estos valores está en juego el esfuerzo personal. Algunos individuos dotados de notable inteligencia y probada sabiduría han demostrado científicamente la eficacia de  la inexorable ley de la evolución natural contribuyendo a mejorar la especie humana en generaciones futuras. Podríamos preguntarnos sobre las ventajas de confiar en unos genes que nos libren de la abulia, de la indiferencia, de la sumisión, y nos infundan la fuerza suficiente para ser nosotros mismos. No se trata de someterse altruistamente a ningún experimento biogenético. Es una cuestión de inteligencia práctica que asumamos el papel que la vida nos depara. Si somos conscientes de que el valor del todo supera el de la suma de las partes, parece razonable que nos pongamos todos juntos, manos a la obra, cada día de nuestra existencia, para alcanzar ese objetivo holístico. Culturas ancestrales nos transmitieron prácticas lúdicas que implican  análisis  y toma de decisiones. Junto con el conocimiento, la intuición y una imaginación poderosa, esas funciones determinan nuestra esencia inteligente. Elaboramos juicios y establecemos reglas de juego realmente brillantes. Cualquier gen se sentiría orgulloso de portadores de semejantes talentos, como lo estaría el más bello edificio arquitectónico jamás construido de una espléndida y sutil decoración. ¿Acaso no vale la pena cultivarlos para provecho de nuestros descendientes? Movamos hábilmente nuestra ficha en el tablero de la vida jugando con nuestro Gen Amigo para gestionar nuestra propia supervivencia.

Comments are closed.