Las vivencias cuyo recuerdo archivamos selectivamente en el cerebro a modo de pequeñas unidades interrelacionadas constituyen el sustrato fundamental que nos permite reconstruir nuestra historia personal. Ante la imposibilidad de establecer una visión totalizadora de nuestra experiencia vital, solemos dividirla en etapas, más o menos amplias y definidas por cambios psicosomáticos, marcados por hechos relevantes que los señalan y nos sirven de hitos de referencia a la hora de contarlas. De no hacerlo, permanecen agazapadas, ancladas en lo más profundo de la mente. Siempre que una emoción fuerte las estimula, aparecen en nuestros sueños de manera recurrente dando lugar a cierta forma de vida paralela. En ellos se alternan episodios hedonistas y otros dolorosos asociados a imágenes inquietantes; unos y otros, si son suficientemente intensos, pueden hacernos llegar al estado de lucidez onírica. No es difícil, por tanto, confundir sueño y realidad cuando se evocan determinadas experiencias que han tenido lugar en circunstancias cargadas de gran significado, dejando su impronta en las etapas cruciales de la infancia y de la adolescencia. Los sueños ocupan una buena parte de la vida, con una función selectiva que nos ayuda a sobrellevar esa otra consciente, la que corroboran los que son testigos presenciales de nuestros actos. En lo que concierne a su fundamento y verosimilitud, no importa tanto las veces que se cuenten sino el contenido mismo del cuento, en el que se combina la fantasía del individuo con la suma constante de matices en las sucesivas versiones. Es como si nuestra mente dosificara retazos de historia personal. Un sutil estímulo sensorial, una imagen fugaz nos hace recordar detalles que permanecían adormecidos. En cuanto a la fuerza narrativa, somos capaces de practicar un apasionante juego de abalorios, combinando destrezas, recursos, habilidades, todo perfectamente trabado para conseguir una brillante exposición, igualmente atractiva para quien sueña y para quien lo escucha. Pero el verdadero poder de nuestros sueños se basa en nuestras convicciones e ideales. Son auténticos inspiradores de la genialidad humana. A la vista de algunos resultados, se dice que sus protagonistas son agudos visionarios de futuro, imaginativos artistas creadores de realidad virtual, prodigiosos restauradores de personalidades atormentadas o de psiques sumidas en el caos. Pongamos nombre a estas profesiones y daremos pleno sentido a la interpretación atinada de la estimulante riqueza anímica de quienes las practican porque un día soñaron que podían hacerlo. Sorteando obstáculos doctrinales, reduccionistas del factor humano a lo estrictamente mensurable, susceptible de ser calibrado, ellos recorren con sabiduría el camino de ida y vuelta del inconsciente a la conciencia plena, jalonado de referencias inequívocas a la rica complejidad de toda mente capaz de transformar sueños en realidades tangibles, fascinantes, más allá de lo que podría esperarse invocando solo su poder racional. La conjunción de lo humano y lo divino se instala cómodamente en el mundo del inconsciente, dando cobijo a mitos y leyendas que nos han llegado a través de la historia, transformando seres humanos excepcionales en símbolos representativos de los más altos valores enraizados en la divinidad. El inconsciente también alberga demonios que nos atormentan; fobias que necesitamos superar; sentimientos y pasiones que abren profundas brechas en la conciencia positiva del individuo, provocando actos impropios de la naturaleza humana. Nos produce cierto vértigo saber que somos sujeto de todo acto consciente visible, como lo somos de nuestros sueños, por muy recóndita que sea su residencia; pero al mismo tiempo podemos sentirnos a salvo de toda intromisión: nada puede desvelarse a menos que aceptemos ser objeto de un análisis riguroso y esclarecedor. La vía de acceso al inconsciente es más segura si permitimos que el psicólogo nos acompañe a través de la meditación personal que nos permite conocernos mejor, desarrollar nuestras facultades y avanzar hacia nuestra conciencia plena. Recorrer ese camino es, en todo caso, una actividad ineludible que responde a uno de los desafíos más apasionantes para la inteligencia humana. Podemos ofrecer diferentes versiones superficiales de lo que pensamos, pero es la estructura profunda de nuestro pensamiento consciente la que debemos conciliar con nuestros actos deliberados. Sabemos que toda la vida no es sueño, pero los sueños son parte integral de la vida, cumplen una función intensificadora de nuestras emociones, aunque no podamos sustraernos a ciertos efectos caóticos de esta importante experiencia sensorial. Nuestra mente maravillosa es capaz de aprovecharse de la magia de los sueños, de transformarlos en estímulos dinamizadores que refuerzan los más íntimos deseos de alcanzar metas imposibles, desafiando toda clase de dificultades; de imaginar mundos perfectos; de establecer conexiones con el inconsciente y beneficiarse del potencial de ambos lados de nuestra conciencia.

«Si el sueño fuera (como dicen) una
tregua, un puro reposo de la mente,
¿por qué, si te despiertan bruscamente,
sientes que te han robado una fortuna?
Jorge Luis Borges

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