No es difícil encontrar argumentos válidos para defender que es mejor estar solo que mal acompañado, o que es bueno estar  a solas con uno mismo estando rodeado de gente, y puede afirmarse con toda rotundidad que la soledad es una forja de individuos independientes. Quienes llevan una vida solitaria pueden dedicar más tiempo a meditar sobre su propia existencia y la de los demás, si bien encuentran dificultad en elaborar una estrategia adecuada para relacionarse con sus congéneres en el momento en que desean satisfacer sus necesidades básicas de comunicación. Suele decirse que, compartidas, la alegría es más profunda y las penas se hacen más soportables. Precisamente por esto es igualmente aceptable la defensa del sano ejercicio de la convivencia, de la práctica cotidiana de compartir lo propio a cambio de felicidad, del desarrollo de las destrezas mentales a través de la saludable y constructiva confrontación de ideas y del intercambio afectivo entre quienes no temen salir con alguna herida tras las batallas que a diario libran contra la intransigencia, el egoísmo, o el deseo de imponerse a costa de cualquier precio, incluso el de la pérdida de libertad de opinión.

Si de verdad no tememos abrir algunos pliegues de nuestra alma y dejar que alguien entre en ese espacio, solo nos queda saber elegir la compañía más adecuada. Esto es, en cierto modo, lo más difícil. El que nos parece el mejor criterio de clasificación casi seguro que carece de matices que nos gustaría considerar; pero al final  optamos por el más fiable: el que nos garantiza la sinceridad, la fidelidad, la generosidad, en fin, esas virtudes que nos hacen confiar por completo en la persona elegida. Luego hay una serie de escalas de medida que nos permiten valorar si nuestra elección ha sido correcta. Entrenamos nuestra mente para medir, casi a primera vista, si tal o cual persona podría ser una buena compañía en nuestra vida. Llegamos a considerar buenos candidatos a aquellas personas que se esfuerzan en imitar nuestro comportamiento, en adaptarse a nuestros gustos y aficiones, y sobre todo quienes están dispuestos a empatizar con nosotros, a comprender nuestros puntos de vista, a poner sus pies dentro de nuestros zapatos, al menos durante los quince primeros días de la incipiente relación. Por estos, vale la pena no estar a solas con nuestra conciencia.

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