En el transcurso de la vida cotidiana es habitual tener que enfrentarse a situaciones de peligro, real o imaginario. En tales circunstancias el miedo que nos invade puede llegar a convertirse en un estado permanente, anulando nuestra capacidad de actuar y alejándonos de la zona de estabilidad emocional donde nuestra mente elige y toma decisiones que llevan a la acción inmediata. Si nos dejamos abatir por esa emoción traumática, seguramente necesitaremos la orientación del psicoterapeuta para iniciar una operación de rescate y reconocer cuál de las más de quinientas fobias registradas es la que podría estar afectándonos. No es infrecuente, sin embargo, observar reacciones con cierta agresividad narcisista para protegerse de la presión del medio social, rechazando la ayuda del experto; como si ello significara un rasgo de debilidad que conviene ocultar. En el segundo estado, la actitud práctica debe ser acompañada, además,  de una permanente mirada introspectiva mediante la práctica habitual de la meditación, reforzada con una buena dosis de optimismo vital. Cuando nos ocupamos del espacio abismal de los miedos, adquirimos conciencia de la importancia que tiene identificar la naturaleza de lo que nos perturba. Uno de los más característicos es el “miedo paralizante» a cometer errores que pongan en riesgo nuestra conciencia y la percepción que los demás tienen de nuestros valores identitarios. Su componente irracional se retroalimenta en la ignorancia y en la imaginación de quien lo sufre. El reconocimiento explícito de sentirnos débiles es una actitud poco aceptable, dada la cantidad de recursos psíquicos, fármacos, técnicas de todo tipo que se nos ofrecen para sentirnos seguros. Asusta dar una respuesta negativa, por desconocer las consecuencias psicosociales que puedan derivarse. Rechazar una oferta de placer instantáneo puede  parecernos de tontos;  o de cobardes, si el medio de conseguirlo implica cierto riesgo. La subida de adrenalina es, por el contrario, un argumento recurrente para empujarnos a experimentar excitantes sensaciones, compensando el miedo a sufrir un colapso sensorial, inherente al desarrollo de la acción propuesta. En determinadas circunstancias, los límites y normas que nuestra mente percibe son, de algún modo, barreras que nos proporcionan una excusa para no ejecutar actos que indefectiblemente generarían un miedo incontrolado. Una pena profunda, una situación de  conflicto incontrolada generan ansiedad y nos desestabilizan emocionalmente. Íntimamente unidos, recuerdos y temores bloquean nuestra mente si no nos aprestamos a resolverlos. Nos preguntamos qué nos hace ser  tan débiles y expuestos al miedo y qué podemos hacer para afrontar esta emoción. Indudablemente, hay un componente ancestral que genera en nuestro cerebro una señal de naturaleza psíquica, que identificamos con el temor ante lo desconocido; pero no debemos olvidar que esta sensación es, al mismo tiempo, un mecanismo de defensa que nos advierte ante una situación potencialmente peligrosa. El deseo de superación de toda experiencia psíquica dolorosa ha llevado al ser humano  a imaginar una zona de exclusión del dolor, de goce inacabable. Esta respuesta nos promete un estado final placentero, siempre que cumplamos determinadas condiciones. El miedo a no alcanzarlo o el ansia por conseguirlo es, quizá, uno de los sentimientos que más ha agudizado el comportamiento agresivo de nuestra especie, resuelto a lo largo de la historia en prácticas de diverso signo e intensidad. Para responder a qué podemos hacer no basta con reconocer nuestros miedos particulares; hay que vencerlos día tras día con nuestros actos de refuerzo positivo, y repetir el mantra de nuestro poder nos ayuda a recordar que, si queremos, está a nuestro alcance el nivel de equilibrio deseado. El espectacular avance en el conocimiento de la mente ha generado los tratados que hoy reconocemos y utilizamos como referentes imprescindibles. La función neuroplástica del cerebro permite racionalizar las emociones y crear nuevas relaciones que evitan sentir miedo a ciertos estímulos. Si bien la ciencia de la Psicología nos alumbra en el estudio de la experiencia humana, es el psicoterapeuta quien desciende al terreno concreto de la mente de individuo. Cualquiera de sus hallazgos y análisis es mucho más valioso, en términos de practicidad inmediata y eficiencia, que el mejor de los textos de los que pueda disponer. Cuando se trata de identificar un miedo, será esa variable individual la que merezca toda su atención y determine las pautas concretas de acción para superarlo. Un amplio grupo de sabios nos asegura que la Supermente es la vía hacia el equilibrio, la luz y la consciencia plena; pero en el camino abundan las  situaciones desestabilizadoras y  es notable la falta de claridad. Es en este proceso cuando los psicólgos damos sentido a nuestro trabajo: apaciguando, arrojando luz y abriendo puertas hacia el autoconocimiento. Tampoco los expertos estamos exentos de ciertos miedos. A la hora de sopesar adecuadamente, sin deslumbrar, y ofrecer la mejor vía de superación,  no siempre es posible evitar el error. Todas las tesis tienen sus matices de enmienda. Lo que sabemos a ciencia cierta, sin temor a equivocarnos,  es que solo caminando se puede llegar a un destino. Quizá no sea posible erradicar de nuestra experiencia toda clase de miedos, pero sí transformarlos en motor de actitudes positivas. «El miedo condiciona nuestros actos, el pánico los anula; solo el valor nos ayuda a vencerlo» (J.M. White).

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