¿Dónde fueron a parar aquellos productos imperecederos, basados en principios inamovibles, que se nos ofrecieron como salvaguarda de nuestra dignidad y de la virtud colectiva? Se puede hablar de caducidad, hasta de fraude, pero nunca podremos decir que fuimos víctimas de la confusión entre lo que es bueno y lo que perjudica la salud moral. Nos planteamos qué exige de nuestra mente el compromiso activo con la realidad actual; qué esfuerzo personal estamos dispuestos a realizar para la puesta al día de aquellos valores que ahora están en fase de reactivación, tras una etapa de desgaste y pérdida de lustre de un claro objetivo, y poder vivir un renacimiento espiritual, imprescindible en el proceso de regeneración de la comunidad a la que pertenecemos. Un enfoque correcto implicado en un proyecto vital que contemple la interiorización de esos valores está al alcance de todos nosotros. Solo hace falta abrir los ojos y descubrir la fuente adecuada. Merece la pena acercarse a esta fuente, beber y saciar la necesidad de nuestro cuidado integral, haciendo que se cumpla el bien conocido lema “mente sana en cuerpo sano”. Este no es un valor nuevo, ni tampoco un concepto nuevo. Hay valores cuyo enunciado social se ha ido renovando a lo largo de los siglos. Es el caso de ciertas formas activas de acción social. Algunos de estos conceptos tienen que ver, sobre todo, con la globalización de las redes de conexión del hombre moderno. Las campañas contra la hambruna endémica, el compromiso solidario de profesionales rebasando sus fronteras; la acción cotidiana de tantos ciudadanos que comprometen su trabajo profesional, artístico, o simplemente doméstico al cuidado de seres desfavorecidos de nuestro entorno; muchos de estos conceptos, que existen desde siempre, reciben nombres y siglas nuevas, e incluso se ven afectados por la creciente influencia de las redes sociales, actualizados día a día mediante un proceso de transformación de su práctica y la asimilación de técnicas modernas que facilitan la aproximación física al prójimo sin perder de vista su dimensión espiritual. Cuidar de la mente y del cuerpo es un valor vigente tan antiguo como la sociedad humana. Lo que hay que renovar es el compromiso personal, como el de un artesano con su obra, y sentir la felicidad compartida con los demás.

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