Alzó su vuelo, convencido de la resistencia de sus alas, y no dudó en dirigirse hacia el sol. Acaso los dioses no le otorgaron tanto la capacidad de construir su propio pensamiento como el deseo irrefrenable de ascender sin mirar atrás, desafiando los designios supremos del todopoderoso Júpiter. La historia nos cuenta un final desastroso para el osado Ícaro, pero no todo fue pecado de soberbia. Pensó que parte de la sabiduría divina estaba al alcance del ser humano. Él creyó que sabía interpretar las claves misteriosas que rigen el universo, y quiso experimentar la sensación de estar a la altura del pensamiento omnisciente. Construyó la estructura, trazó el camino y se puso en marcha. Creyó, incluso, que por llegar arriba valía la pena copiar las técnicas olímpico-celestiales. Ese fue su fatal error, sobrevalorar sus recursos y capacidades. Solo el autor de un ingenio mecánico conoce en profundidad los mecanismos ocultos que lo hacen funcionar. Sin embargo, siguió adelante, y ascendió lo más alto que pudo, hasta que se fundió la cera de sus alas.
Ignorar de qué materia están hechos los componentes de nuestro sistema de razonamiento no debería condenarnos a permanecer inactivos, esperando órdenes ajenas, sino a actuar según nuestra conciencia y libre albedrío de acuerdo con los principios éticos generales. Es posible equivocarse en el proceso de adaptación al sistema. No es tarea fácil practicar la obediencia, adquirir la destreza del pensamiento propio, practicar la moral estricta… Estos términos, aun siendo elementos imprescindibles, están hoy tan manipulados que se han convertido en malentendidos de la tribu social en que vivimos. De tal modo es así, que hay muchos dispuestos a volar hacia el cielo siguiendo un supuesto mandato divino sin plantearse previamente la bondad de sus actos desde una perspectiva humana. Escuchar a su padre y medir bien sus fuerzas habría salvado a Ícaro de tan fatal desenlace. No hacerlo le condujo a la malinterpretación de su Destino. No todos los consejos valen, pero es imprescindible aprender de la experiencia. Como sucedía con los oráculos y vaticinios de entonces, el lenguaje de nuestro tiempo está impregnado de ambigüedad y connotaciones engañosas, que distraen del verdadero significado de las palabras. Son muchas y variadas las vías propuestas para llegar a construirlo, pero es tarea necesariamente personal elaborar un pensamiento crítico propio, basado en el análisis, la meditación sobre los aciertos y el aprendizaje de los errores propios y ajenos.

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