Perdonar y pedir disculpas como expresión de dispensa por una falta cometida es una acción  habitual gratificante que sitúa a quienes la practican en un nivel superior de cortesía social. Con ella se manifiestan sentimientos complejos de manera convencional, siguiendo fórmulas verbales establecidas, aunque no siempre acompañadas de verdadera intencionalidad.  A pesar de que ser una condición indispensable para sentirnos libres de la carga de la ofensa, no siempre  es fácil ni efectiva la reconciliación. La dificultad que entraña perdonar sinceramente hace que esta conducta se inculque desde la infancia con mensajes que no dejan de repetirse en diferentes ámbitos a lo largo de toda la vida. Más difícil aún es perdonarse a sí mismo, aunque la auto-compasión sea paso previo para alcanzar un grado aceptable de estabilidad  emocional. Con pleno conocimiento de que errar es inherente a la naturaleza humana, la psicología positiva pone el acento en el valor del perdón, de la clemencia  y del olvido como elementos estratégicos del proceso de restauración de la confianza recíproca, produciendo un efecto de reactivación de la expresión de nuestras emociones. El principal objetivo del perdón es  sentirnos capaces de iniciar nuevos tramos del camino aceptándonos tal como somos, sin victimizarnos. Por otra parte, en el acto de perdonar y ser perdonado hay una lectura renovada de nuestra historia individual, de alta eficacia terapéutica, mayor cuanto más conscientemente se practica, que ayuda a superar procesos excluyentes y contribuye a un mayor grado de comprensión y enriquecimiento de la dimensión espiritual de la persona. Nuestra mente es capaz de generar impulsos autocompasivos cuando estamos dispuestos a disculpar errores propios y ajenos. El nivel de auto-comprensión es, por tanto, una medida de referencia de nuestra capacidad de aceptación de los demás. Perdonarnos exige una actitud positiva, corregir conductas intransigentes, evitar posiciones condenatorias. Sabemos que además existe una relación causa-efecto entre la capacidad de perdonar y de ser feliz. El perdón no implica solo sentimientos; es sobre todo una decisión que libera rencores y aporta paz interior. Es la carencia o deterioro de estos sentimientos lo que hace imprescindible el dictamen de un juez sobre la calidad de nuestros actos, de acuerdo con un código de normas establecidas al que debe ajustarse nuestro concepto de lo bueno o de lo malo, condicionado por nuestras relaciones personales hasta el punto de favorecer la laxitud de conciencia o la  condena taxativa sin derecho a autodefensa. Ambos sentidos son términos de una visión dualista que no contribuye precisamente a clarificar la percepción de la realidad, mucho menos a garantizar una sana relación personal basada en una actitud de saber ponerse en el lugar del otro, ni tampoco a la aplicación del criterio de la presunta inocencia, huyendo de juicios temerarios. Cuando la necesidad de superación se combina con la búsqueda de equilibrio dentro de nuestro entorno natural, esta actitud vital permanente estimula el  desarrollo de  pautas de conducta encaminadas a la aceptación mutua evitando toda estigmatización como individuos extraños al grupo social en el que nacemos y nos desenvolvemos a lo largo de nuestra vida. No obstante hay circunstancias en las que nos preguntamos hasta qué punto nos sentimos a gusto no solo con los demás, sino también con nosotros mismos. Si bien el grado de exigencia no es igual en uno y otro caso, cualquier tipo de desviación de los estándares de normalidad  hacia extremos socialmente inaceptables convierte a todo individuo en posible objeto de rechazo o discriminación negativa. Tanto es así que preferimos pasar desapercibidos antes que ser señalados como tipos raros -salvo que esta rareza conlleve notoria aprobación- aunque nuestra manera de ser nos haga sentirnos mal y nos plantee problemas de auto-aceptación. No obstante, la supuesta ventaja de la uniformidad social no ha de ser el pesado lastre de la ocultación sistemática de nuestras carencias sino el beneficio de perdonarlas y asumirlas. El poder de la autoestima pasa por reconciliarse con uno mismo, mirarse al interior, valorar las capacidades propias y fortalecer un profundo sentido de la dignidad personal. En este sentido, perdonarse y amarse se combinan en el proceso de crecimiento moral y creativo. Como una gota de agua sobre un tejido endurecido, la práctica del perdón penetra en nuestra mente  sin hacer ruido, revitaliza nuestro ser, favorece la fusión emocional, flexibiliza nuestro entendimiento y nos prepara para comprender antes que juzgar, para aceptar antes que rechazar, apreciando el valor de lo distinto. Por delante siempre tenemos  la tarea cotidiana de construir, con los elementos básicos que nuestra capacidad analítica nos proporciona, y compartir espacio en un mar de gotas diferentes, desechando todo aquello que significa enfrentamiento entre lo que realmente somos y lo que nos gustaría ser. Después de todo, del mismo modo que “quienes encienden una vela con la nuestra reciben luz sin que nos quedemos a oscuras”, perdonar no nos debilita; más bien es una de nuestras fortalezas, basada en “el conocimiento de la propia oscuridad como el mejor método para lidiar con la oscuridad de las demás personas” (Carl Gustav Jung) y en sentimientos tan humanos como el amor y la comprensión.  De hecho, es el mejor regalo que nos podemos hacer.

Comments are closed.