En el primer contacto con alguien a quien no conocemos, nuestra mente pone en marcha un mecanismo de clasificación automática. Nuestros sentidos nos informan ampliamente sobre aspectos básicos de esa persona: sexo, edad, raza, y otros detalles que con frecuencia ocultan datos relevantes. Tras la impresión a primera vista se activa el sistema de evaluación pormenorizado. A pesar de que suelen ser engañosos ciertos rasgos como el atuendo, las señales sonoras y visuales de todo tipo, nuestro cerebro trata de ajustarlos a los clichés estandarizados para llegar a un veredicto de similitud con un modelo de referencia. Esto no impide que caigamos constantemente en errores de evaluación basándonos en ideas preconcebidas sobre el aspecto externo y su correspondencia con la conducta del individuo. Valdría la pena, por tanto, dedicarnos al estudio de los signos multiculturales que no encajan en estereotipos de comportamiento. Aunque algunos patrones se han considerado tradicionalmente universales, no hay dos yunques iguales para forjar un carácter, ni dos obradores que compartan la misma fórmula secreta. Y cada Gabinete de Psicología tiene, asimismo, sus métodos específicos. En nuestro último encuentro grupal compartimos experiencias vividas, impregnadas de responsabilidad, autoestima, asertividad, confianza, optimismo, en pequeñas dosis estimulantes de nuestra psique, ávida de autoconocimiento, de prístino sabor a pensamiento positivo. Tras la puesta en común, todos quedaron muy satisfechos con tan sugestivo ágape y admitieron sentirse más preparados para apreciar la notable diversidad de características psíquicas y de estados emocionales. Dispuestos a rechazar toda tentación de clasificación precipitada y aprender a mirar en su interior antes de emitir juicios sobre los demás, decidimos repetir la experiencia y probar elaboraciones más complejas con nuevos ingredientes como el dolor, la autocomplacencia, la ansiedad. Para realizar un análisis riguroso, no solo importa el nivel de dificultad de asimilación sino también la actitud ante lo diferente, libre de todo prejuicio cognitivo. Como decía mi querido maestro, experto en el conocimiento de sus compañeros de viaje, quince días no son suficientes para juzgar certeramente a quien acabamos de conocer; aunque para hacerlo con tino, quizá toda una vida no baste.

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