Decir que “enseñamos al niño a caminar y hablar, y enseguida le exigimos que esté quieto y callado” no es exclusivamente una marca generacional. Esta afirmación señala uno de tantos pretextos de la vida que utilizamos para justificar ciertas contradicciones de nuestro comportamiento de adultos. Naturalmente, queremos que los hijos hablen y caminen, y aunque a veces nos inducen a una desconexión “placentera” transitoria de todo aquello que demanda atención y respuesta activa, su sonora manifestación evolutiva no puede ser pretexto para nuestra intolerancia. El desarrollo psicosomático es un proceso que implica elección y responsabilidad individual. Proceder significa avanzar, de modo que cada acción determina el siguiente paso, y no hay vuelta atrás. Dijo Marcel Proust que “el instinto dicta el deber y la inteligencia da pretextos para eludirlo”. En las encrucijadas de nuestro mapa neuronal encontramos falsas señales que nos desorientan y dificultan nuestro avance, incluso nos paralizan. Se nos ofrecen falsos refugios bajo el pretexto de un merecido descanso o una aconsejable evasión. La consecuencia es que nos quedamos rezagados mientras nuestros compañeros de viaje siguen avanzando y nos van dejando atrás. Los lazos afectivos que habíamos creado con ellos se debilitan hasta partirse. Pero no debemos ampararnos en el pretexto de la desconexión para evadirnos de la realidad. No sirve de nada atribuir a lo casual lo que es efecto de una actitud pasiva. No obstante, como suele decirse, casi todo tiene arreglo si se ponen los medios adecuados. Los psicólogos sabemos que la familia es la escuela primordial de aprendizaje y desarrollo práctico de las destrezas necesarias para una convivencia sana. Sabemos que asumir la realidad exige un desarrollo y un desenlace. Y también sabemos que a veces es necesario afrontar un proceso de reconstrucción, aunque las nuevas conexiones no lleguen a ser de alta fidelidad. La mente no es una parte blindada de nuestro ser, está expuesta a continuos ataques y trampas. Una de estas es la de la pasividad. Dar por hecho que no hay remedio, que son otros los que deben hacer los cambios, que nuestro horizonte no va más allá de pasado mañana conduce a una de las peores situaciones personales que un individuo puede sufrir: hundirse en la depresión. En lugar de un estímulo para el crecimiento de la vida psíquica dejamos que surja un pretexto para la desidia espiritual. Es posible que lleguemos a considerar que no vale la pena luchar por uno o dos talentos. Pues bien, los más decididos lo hacen, conscientes del valor intrínseco de la actitud positiva, sea cual sea el resultado. Todo esfuerzo es poco con tal de no permanecer estancados. La distancia entre el punto de partida y el objetivo casi siempre es más ficticia que real. No se trata de dar zancadas, sino pasos continuos. Nuestras emociones son como el fuel de nuestra inteligencia: impulsan nuestros actos, pero es nuestra mente racional la que tiene la última palabra, seguir adelante. No es un trayecto fácil, ni mucho menos; no está exento de inquietudes, de interrogantes, de decepciones, de desmotivación. Debemos cubrir etapas evitando estancias prolongadas en recovecos que nuestra mente crea a menos que nos impongamos un proceso riguroso de análisis previo y elijamos lugares y nuevas situaciones adecuadas a la construcción de nuestro proyecto vital, echando mano de nuestros recursos personales, sin triunfalismos, y tomando decisiones sensatas para llevar adelante la tarea creativa de nuestra vida. “No existe brisa que no haga girar una veleta”. Lo que genera ansiedad, hasta llegar a producir un dolor físico, los instantes de felicidad por breves que sean, las afecciones que establecemos con los demás, a los que también necesitamos; fruto de nuestro constructo emocional… todo ello constituye el tejido relacional que debemos cuidar. Vivimos en un entorno social en el que cada individuo ocupa un lugar de referencia que nos permite saber dónde estamos y hacia dónde caminamos. Por tanto, no deberíamos sentirnos amenazados por la soledad. Más bien es bueno disponer de momentos de aislamiento temporal; de hecho, las técnicas de meditación demandan un espacio y tiempo de recogimiento espiritual para recorrer nuestro espacio interior. Lo malo es abandonar la senda de la superación, recluirnos en nuestra propia caverna esperando que las sombras se disipen por sí solas, construir laberintos donde nos perdemos buscando el camino iniciático hacia la salida. Nuestro particular hilo de Ariadna es la práctica de una escucha activa para interpretar las señales y el flujo emocional que nos llegan del exterior. De ningún modo la debilidad de la señal ni el miedo a lo impredecible deberían ser un pretexto para la inacción. Alguien dijo que “en la vida sólo existen dos cosas: pretextos y resultados; y los pretextos no sirven”. El único resultado aceptable es asumir la responsabilidad basada en nuestra capacidad de decisión.

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