«…Observo a mi hijo y pienso en esa frase de Gabriel García Márquez: “puedes ser solamente una persona para el mundo, pero para mí tú eres el mundo” …Es un ser que se emociona, piensa, decide, se relaciona… Todas sus manifestaciones psicosomáticas van encajando en mi mente como piezas de un puzzle vital… Es una parte esencial de mi existencia, un todo singular, indivisible, que ocupa un espacio irremplazable en mi vida y en la de los demás…»

El estudio de la personalidad de los niños es una tarea compleja, en muchos aspectos difícilmente abarcable, que nos plantea una reflexión previa sobre la diversidad de los modelos que se les presentan, la calidad de los recursos de que disponen y su capacidad para llevar a cabo su proceso evolutivo e insertarse adecuadamente en el conjunto al que pertenecen. Considerando los beneficios educativos de los puzzles, nos planteamos, en primer lugar, el origen de las piezas. No están hechas de antemano, no tienen marca registrada y no existe un molde universal que las fabrique en serie. La herencia genética y las circunstancias socioculturales constituyen en gran medida la materia prima de su naturaleza, pero toda persona ha de forjar sus propias piezas, dotándolas de una marca personal: ha de recortarlas, pulirlas, prepararlas para que sirvan de identificación de manera inequívoca y permanente. Utilizar las prestadas por otros quizá ahorre algún esfuerzo, pero a la larga no es una buena solución. Cada sujeto arma las piezas de diferente manera, y todas deben superar los mecanismos individuales de supervisión que garantizan su autenticidad. El modo en que fuimos educados e instruidos, cómo se produjo el proceso de aprehensión que se abría ante nuestras mentes infantiles, cómo fuimos desarrollando las destrezas indispensables para incorporarnos con éxito en el mundo que nos rodeaba… Todo esto constituye el bagaje de nuestra memoria de adultos, mediatizada por nuestra carga afectiva y nuestros razonamientos de madurez, que nos hacen recrear artificialmente situaciones vividas en nuestra infancia. Pero las relaciones con nuestros padres no son aplicables de manera automática a nuestros hijos. Antes de presentarlas como piezas de recambio, han de ser analizadas y seleccionadas para evitar la tentación de la copia literal. Convencidos de su utilidad, nosotros, ahora padres y madres, ofrecemos multitud de piezas ya hechas que, después de muchos usos, las guardamos, debidamente clasificadas por áreas: conocimiento, afecto, emociones, relaciones sociales, aprendizaje, destrezas… Son las piezas que presentamos como ejemplo de perfecto encaje porque ocuparon su lugar cumpliendo una función satisfactoria en nuestra vida; aunque también tienen reservado su espacio las piezas que se han ido deteriorando a consecuencia de desórdenes inesperados o de un cometido inapropiado. Estas no las exhibimos.   Algunas  piezas desempeñan lo que podríamos llamar la función de comodín. Eso las convierte en piedras fundamentales del desarrollo integral, y como tales, admiten réplicas a lo largo del tiempo; son las que representan los valores y los principios éticos. Pero aun así, esas piezas han de ser oportunamente recubiertas de nuevas texturas. En todo caso, no debemos olvidar que las circunstancias que determinaron su confección a nuestra medida son irrepetibles. Tampoco debemos atribuirles el valor absoluto de la verdad indiscutible. Una de las condiciones que ha de cumplir esta categoría es que sea verificable, y algunos patrones que hoy sirven de modelo no resisten esta prueba. El niño es muy exigente en este sentido. ¡Pobres de nosotros si nos pillan en falsedad! Su mente va adquiriendo la destreza de recortar piezas conforme su facultad cognitiva crece. Por otra parte, no todas las piezas son fácilmente asequibles; su construcción requiere de entrenamiento y paciencia. Si conseguimos que estén abiertos a nuestra ayuda, podemos trabajar con ellos, reforzar su autoestima y hacer que su experiencia interna se manifieste en su conducta asertiva, haciendo a los demás partícipes de su progreso y de sus habilidades cognitivas, sin obsesionarnos con un enfoque funcionalista de su actividad consciente. Por un proceso de “ósmosis comunicativa” podríamos aspirar a inculcarles una actitud positiva, realista, con cierta dosis de entusiasmo por lo bien hecho. No importa que cometan errores, y que algunas piezas haya que tirarlas. Thomas J. Watson dijo que “El camino hacia el éxito consiste en duplicar tu tasa de error.” Por supuesto, no deseamos que nuestros hijos construyan piezas mal hechas de modo irreflexivo, pero si eso sucede, queremos que aprendan y saquen provecho de ellas. Hay quienes componen obras de arte con piezas desechadas. Cada pieza tiene una razón, tiene un lugar, tiene un porqué, y aunque no entendamos cada una de las piezas, lo haremos cuando terminemos de armar el rompecabezas de nuestras vidas…”

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