Seguramente más de una vez, al mirarnos en el espejo, nos hemos cuestionado el grado de aceptación de la apariencia de la imagen reflejada; cómo desearíamos que fuera en el caso de tener el poder de modificarla; qué aspectos físicos nos gustaría cambiar; qué transformación desearíamos que se produjera en nuestra expresión corporal tras unas sesiones con nuestro psicoterapeuta, que fuera observable por los demás. Las respuestas a estas posibles preguntas tienen en común que todas pasan por el filtro de nuestra mente racional. Es un gran desafío construir una realidad distinta de la que percibimos, como resultado del chequeo riguroso de nuestro cuerpo y del análisis de los procesos mentales de nuestra mente y de nuestro comportamiento. Sin embargo, o precisamente por eso mismo, nos empeñamos en mostrarnos atractivos, saludables, bondadosos, equilibrados, satisfechos con nosotros mismos y dignos de ser aceptados por todos.
Al margen de experiencias vivenciales sintomáticas de una afección narcoléptica, de alucinaciones hipnagógicas u otros trastornos relacionados con el sueño, es posible sufrir ensoñaciones e imaginar otro estilo de vida diferente basado en cualidades que nos gustaría poseer y compartir. No obstante, es preciso ser comprensivos, tener en cuenta las características personales de cada individuo para calificar correctamente estas manifestaciones, conscientes de que las mismas historias que fabricamos sobre nosotros modifican, a su vez, nuestra realidad, funcionando como si fueran hitos de referencia en el camino, contribuyendo en todo caso a desarrollar nuestra capacidad imaginativa y a potenciar la construcción de lo que somos por medio de los actos que nos hacen ser y sentirnos mejores. No se trata de instalarse en la ficción utópica de un mundo perfecto, sino de dar sentido práctico al auténtico y profundo significado del concepto dinámico que esa palabra polisémica encierra en sí misma: somos capaces de «fingir«, de modelar la imagen que tenemos de nosotros mismos, en definitiva de moldear nuestras vidas.
La Psicología dispone de herramientas útiles en el uso de la tecnología de simulación de entornos de realidad virtual aplicable en diversos campos, como el de la medicina, favoreciendo la tolerancia al dolor en pacientes sometidos a procesos traumáticos postoperatorios. Considerando las implicaciones educativas, permite, asimismo, estimular la creatividad en actividades lúdicas y desarrollar actitudes positivas hacia el aprendizaje, tratando de evitar en todo caso una excesiva percepción irreal de las experiencias vitales. Realidad virtual y ficción constituyen dos representaciones asociadas a nuestra percepción sensorial con la que programamos los actos cotidianos. Aunque a veces las consideramos simple producto de nuestra imaginación proyectada hacia el futuro, son parte integral de nuestro presente, y por tanto demandan un espacio en nuestra mente tan denso como el que exige cualquiera de las funciones psíquicas que nuestro cerebro desempeña a diario. No debemos olvidar que la ficción implica manejo de material conceptual que aun sin estar en el plano de lo real nos facilita el acceso a experiencias tangibles, permitiendo incluso que muchas de las limitaciones espacio-temporales asociadas a discapacidades físicas puedan llegar a ser gradualmente superables, siempre bajo una experta supervisión psicoterapéutica.
Es notable la capacidad generadora de energía de nuestro cerebro para “amasar” imágenes, para analizar y separar lo real de lo ficticio, para fusionar y construir realidades paralelas, desmontar creencias irracionales, discriminar errores y aciertos; para orientar positivamente las pautas de conducta personal que nos relaciona con el grupo social al que pertenecemos sobre la base de sólidas certezas adquiridas. No importa los medios que usemos en el proceso de observación sino nuestra habilidad para interpretar correctamente esa realidad virtual que percibimos a través de nuestros sentidos. Retardar el momento de enfrentarnos a ella sería algo así como negar su existencia esperando que los elementos que la componen sean solo un producto evanescente de nuestra imaginación. Cada día nos enfrentamos a falsificaciones que constituyen por sí mismas elementos negativos de la virtualidad perceptiva; son versiones distorsionadas de lo que creemos ser, que nuestra mente reproduce como si se tratara de la imagen de un espejo deformado situado en nuestro interior. Así pues, debemos ser precavidos frente a su apariencia de autenticidad. Afortunadamente solemos ser buenos rectores de nuestros actos; sabemos que el auténtico poder de la mente reside en la habilidad para establecer y modificar si es preciso la conducta de acuerdo con criterios socialmente saludables. Nuestra incansable actividad neuronal hace asequible nuestro acoplamiento a la vida real, evitando que posibles distorsiones sensoriales nos lleven a una disfunción caótica. Es precisamente en este punto donde la intervención del
psicoterapeuta puede ser decisiva, ayudando a contrarrestar influencias negativas de cualquier signo y a manejar adecuadamente las facultades cognitivas y emocionales. Nuestro equilibrio emocional se basa en el mayor grado posible de convergencia entre la realidad constatable y la visión virtual de nuestras vivencias y en la reconciliación positiva de ambas dimensiones. Esta convivencia estimula la concepción estética de lo que somos, del entorno en que vivimos, y potencia efectivamente la creatividad para imaginar distintos finales posibles para cada acto en el escenario de nuestra vida. «Somos escultores de nuestros actos, nuestra realidad es el material a esculpir»

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