Nuestra existencia transcurre marcada por pequeños acontecimientos cotidianos, aparentemente irrelevantes, que de un modo u otro conciernen a los sentimientos, determinando nuestra forma de vivirla y por tanto condicionando la respuesta afectiva que damos en cada momento a los estímulos recibidos. Una actitud positiva que trasciende la mera cualidad subjetiva que nuestra mente les otorga, con independencia de las leyes naturales a las que pudieran estar sometidos, implica apreciar las cualidades sensoriales de los objetos que nos rodean, reconocer la armonía y la belleza que reside en cada uno de ellos como elementos esenciales para alcanzar la máxima perfección posible inherente a su propia naturaleza o bien para cumplir la función para la que han sido concebidos o planificados.
La somatización de los sentimientos se ralentiza cuando tales eventos no son novedosos y por tanto no afectan significativamente a nuestra actividad psíquica. Digamos que nuestro cerebro no consume mucha energía en su registro, procesamiento, almacenamiento y reciclaje. Algo parecido sucede también con recuerdos recurrentes, imágenes captadas hace tiempo con una notable carga de afecto, que constituyen un filtro tamizador de experiencias posteriores. Este material representa un microuniverso en el que algunos de sus componentes desempeñaron un papel relevante en el momento de producirse, a costa de otros que se disolvieron en el olvido sin apenas dejar huella. Nuestra mente decide qué hacer con unos y con otros, inevitablemente incorporados a la memoria, aceptando todos y disfrutando en todo caso de los buenos que ayudan a compensar la monotonía cotidiana. Esto solo es posible si se sabe administrar su impacto, y aun así no está garantizado el disfrute, puesto que no se basa en la posesión de un bien sino en la acción constante para revitalizarlos. En efecto, no se trata de seguir una guía de acciones, no hay recetas mágicas (hygge), más bien de perseverar en un deseo permanente de transformarlos en ingredientes básicos disponibles para cada etapa de la vida, conscientes de la importancia del aquí y el ahora, de que nuestra singularidad cualifica la rutina de nuestros actos. En este sentido, se han probado múltiples fórmulas para alcanzar la felicidad basada en el disfrute de las cosas pequeñas que acontecen a diario, pero al fin su éxito se basa en la individualización. Sin duda, no existe alquimia universal, sino diferentes ensayos con mayor o menor acierto en el ámbito personal. Desde el epicureísmo más estricto o del hedonismo exacerbado se ha pasado por la convicción filosófica de la fugacidad del placer para llegar a la conclusión de que el esfuerzo sostenido en pos de un objetivo vital es la única fuente válida de felicidad. “La felicidad no consiste simplemente en estar bien, sino en estar haciendo algo que llene la vida” (J. Marías).
El ritual de lo cotidiano puede llegar a convertirse en la escenificación de nuestros actos gobernada por pequeños símbolos totémicos encapsulados en nuestra mente, que condicionan nuestras respuestas ante estímulos inesperados que de otro modo pasarían inadvertidos formando parte de nuestra rutina diaria. Es necesario, por tanto, evitar que esta se convierta en tiranía asfixiante de nuestro comportamiento, aunque no siempre seamos capaces de eludir esta transformación que suele producirse sin apenas darnos cuenta, como una reacción defensiva ante una realidad que a veces resulta difícil de sobrellevar, sobre todo si esta escapa a nuestro control o nos abruma excesivamente.
Dada la trivialización de buena parte de los hábitos sociales, en estos tiempos cunde la creencia de que los acontecimientos multitudinarios, los eventos impactantes que exaltan los ánimos y provocan reacciones desmesuradas son fuente inagotable de placer, o cuando menos de excitación hasta llegar al paroxismo. Sin embargo, por suerte aún queda espacio suficiente para encontrar la satisfacción íntima en la heroicidad cotidiana, la que se basa en hacer cada día lo justo y necesario para vivir el presente con atención plena, disfrutar del aire que respiramos, de la tierra que pisamos, del universo que nos alberga, de todo aquello que constituye el entramado básico y esencial de nuestra existencia. La búsqueda del equilibrio entre la rutina arraigada y lo extraordinario sobrevenido se traduce en la práctica constante de un adecuado ejercicio mental para evitar posibles efectos negativos.
Por otro lado, la rutina también tiene otras cualidades positivas. Aporta seguridad y referencias imprescindibles que favorecen tanto el proceso de inserción del niño en el entorno familiar como su relación social con otros miembros del grupo. (“las rutinas diarias son para los niños lo que las paredes son para una casa, les da fronteras y dimensión a la vida.” Rudolf Dreikurs). En general facilita un estado de confort, susceptible de mejora de condiciones en personas de edad avanzada, como defensa frente a la inevitable pérdida de capacidad cognitiva, o como estímulo mediante la práctica constante de actividades adecuadas a su condición física y mental. Sin caer en una excesiva robotización de los hábitos de conducta, permite ordenar nuestro espacio y disponer de tiempo adicional para realizar tareas específicas con un notable ahorro de energía y mayor grado de eficiencia. Muchos de los hallazgos más beneficiosos son consecuencia de la repetición de hechos cotidianos aparentemente insignificantes. Gracias a ellos el ser humano ha acrecentado su capacidad de respuesta ante las adversidades naturales, mejorando continuamente su calidad de vida. La realización de una tarea repetitiva facilita, además, que la mente se libere de pensamientos molestos y adopte en cierto modo un estado de relajación meditativa.
Ciertamente, nuestro comportamiento se ve continuamente forzado a adaptarse a nuevas circunstancias. Como si se tratara de un instrumento sometido a una permanente dialéctica entre las tonalidades de un lenguaje musical, puede dirigirse con cierto virtuosismo o no dedicar ni un minuto de nuestro tiempo a perfeccionarlo, de tal manera que las notas que componen la partitura cotidiana pueden llegan a generar discordancias insoportables o más bien melodías extraordinarias. Buscando la coherencia para dar significado sustancial a nuestro comportamiento, tenemos la posibilidad de elegir la ejecución más equilibrada en cada momento; de nosotros depende en gran medida que nuestros actos rutinarios suenen lo más armoniosamente posible. («Las regularidades triviales de nuestra vida pueden contribuir, y mucho, a darle sentido y significado general.» Matthew Hutson).

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