Muchas de las decisiones que se toman para orientar a los hijos hacia unos objetivos alcanzables y adecuados a sus características personales no están exentas de cierta dosis de incertidumbre, sobre todo en lo que se refiere al desenvolvimiento de sus relaciones sociales. De hecho, la posición parental se va adaptando a la visión que los hijos adquieren de los objetivos inicialmente propuestos, revisables en muchos casos por la simple evolución individual, en la medida en que ellos van tomando conciencia de sus capacidades reales o cuando su actitud se modifica ante el reto que supone asumirlos íntegramente, condicionados en parte por las circunstancias en que transcurre su infancia y adolescencia. Muchos fracasos se derivan precisamente de la actitud intransigente de los mayores, interpretando como renuncia o cobardía lo que es sencillamente imposibilidad de satisfacer las excesivas expectativas iniciales puestas en sus vástagos. Es importante el cuidado de una mente, estimulando sus facultades, reforzando hábitos de conducta, pero no lo es menos marcar objetivos calibrados, procurando que sean interiorizados y ofreciendo los medios necesarios para alcanzarlos; de tal modo que la aparición de una notable dificultad debe considerarse como una señal de alerta para establecer un diagnóstico precoz que evite fracasos y trastornos prematuros. Es fácil dibujar un panorama de éxito, incluso no nos cuesta demasiado expresar nuestra convicción sobre la relación entre esfuerzo y buenos resultados, aunque la realidad nos enseña que no siempre se cumple esta relación. En todo caso, nuestro desafío consiste en demostrar la validez de esa proposición con nuestro ejemplo de actuación perseverante, en toda circunstancia, especialmente cuando invade nuestras vidas una experiencia sensorial dolorosa; la que se deriva de la pérdida de un ser querido; la que acarrean consigo los que huyen de las peores condiciones imaginables; la que sufre quien está sometido a una enfermedad; la de quien es privado del apoyo necesario para su desarrollo afectivo; la de todo individuo que habiendo aspirado a llegar hasta la cumbre ve truncadas sus esperanzas por una fractura irreversible de su cuerpo o, peor aún, por el deterioro de su mente, que le impide desarrollar íntegramente sus capacidades como ser humano consciente. Los psicólogos disponemos de técnicas y recursos para llevar a cabo la tarea de reconstrucción de una mente afectada por una experiencia traumática. No obstante, el mismo dolor que observamos con toda atención nos impide, a veces, reconocer su intrínseco valor constructivo. Los remedios que el ser humano aplica contra el dolor delatan de manera inequívoca que es inherente a su naturaleza hílica y que es lícito tratar de atenuarlo, tanto desde una perspectiva estrictamente natural como desde una concepción humanista positiva. El conjunto de nuestras emociones nos definen y acompañan a lo largo de nuestra vida. Es imprescindible, por tanto, tratar de controlarlas, convertirlas en destrezas para realizar nuestro proyecto de vida y manejar eficazmente nuestros recursos intelectuales. Es primordial aceptarnos tal como somos, conscientes de nuestros talentos y compromiso personal, tanto como saber convivir con nuestras limitaciones; en definitiva, crecer siendo autocompasivos para poder comprender y ayudar a los demás.
Nuestra mente es capaz de dos cosas, aparentemente contradictorias, exacerbar los sentimientos negativos y generar defensas contra ellos. La simple observación de un dolor no lo cura, pero aceptarlo y analizar sus causas puede ayudarnos a encontrar posibles vías de superación y compensarlo con nuestro trabajo cotidiano. Cobra especial relieve toda decisión que nos lleva a compartirlo con los que sentimos más cercanos: desde una sincera
puesta en común de la experiencia traumática hasta toda una serie de acciones encaminadas a buscar soluciones efectivas entre todos los que se sienten afectados por una experiencia similar. El equilibrio emocional es una de las consecuencias más visibles que se derivan de esta actitud
positiva. Si observamos una foto de una persona, tomada de manera espontánea, solemos emitir un juicio sobre su estado de ánimo; de su mirada, de su pose, de sus gestos deducimos emociones, y es que la afectividad se manifiesta a través de nuestro cuerpo, por mucho que queramos fingir. Este fingimiento, cargado de moralidad o desnudo de todo adorno superfluo, en su raíz más profunda significa precisamente crear imágenes de nosotros mismos, que no se pueden esconder de la mirada ajena, y menos aún de la de quienes albergan determinados sentimientos hacia nosotros. Poner en práctica nuestras emociones más arraigadas es solo cuestión de actitud vital; “…no necesitamos zambullirnos de cabeza en nuestra emociones difíciles para transformarlas con compasión – sólo necesitamos tocarlas”. (Christopher Germer)

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