Si nos preguntan cuánto tiempo permanecemos en silencio a lo largo de un día cualquiera de nuestra existencia, es probable que no lo sepamos con exactitud; sin embargo, recordamos con notable precisión experiencias íntimas realmente significativas, placenteras o dolorosas, que nos han sumido en prolongados silencios. Tanto si la meditación es resultado de nuestra elección y forma parte de nuestra práctica habitual, como si es una respuesta inducida por vivencias relevantes, es natural que dediquemos momentos de nuestra vida a reflexionar sobre lo que hacemos o nos sucede. En cualquier caso, no importa si estamos solos o rodeados de estímulos sonoros; el nivel de concentración alcanzado es lo que determina la calidad y los beneficios derivados de este estado, extraordinariamente elocuente y eficaz en la comunicación con uno mismo y con los demás, por no hablar de su fertilidad esencial en la expresión artística. Dijo Albert Einstein que “…la monotonía de una vida en silencio estimula la creatividad”. Por supuesto, también el silencio contribuye al desarrollo de uno de los proyectos más ambiciosos, el de construir la propia identidad.
Hay un largo camino desde la marginalidad de nuestra percepción subjetiva, flanqueada de prejuicios que la distorsionan, hasta las sumidades de nuestra mente, donde registramos todas las vivencias, quedando disponibles para un análisis que nos permita avanzar hacia lo que podríamos llamar la perfección asequible, con una actitud de regeneración constructiva. Por tanto, es imprescindible propiciar un estado de silencio meditativo para pensar sobre lo que estamos haciendo en todo momento. Por el contrario, refugiarse en la ensordecedora actividad rutinaria, o en el anonimato de la conexión trepidante a través de las redes sociales, diluida entre tantos intercambios «inaudibles», podría conducir al empobrecimiento del flujo comunicativo, a menos que esta práctica vaya acompañada de un control del tiempo de conexión y de una revisión permanente de los contenidos.
En el viaje iniciático al centro de nuestro mundo interior, en el que debe tener lugar el examen de nuestra conciencia, siempre con una mirada nueva y comprensiva, seguramente no vamos a descubrir un ser excepcional. Es nuestro YO, contextualizado, insobornable, con sus virtudes y sus defectos, el que nos espera para mostrarnos la auténtica dimensión de nuestra singularidad. El silencio «diáfano, donde se da la pura presencia» es condición indispensable para llegar a ese espacio interior. Si queremos que sea sanador, debemos enfocarlo hacia la autoaceptación, comprometiéndonos con nuestro cada-día-mejor-ser. Conscientes de que «hay acciones del espíritu enraizadas en el silencio» (Steiner), podemos aspirar a «positivizar esa carga experiencial que tanto nos agobia e incorporarla a la ejecución armónica de nuestra partitura vital».
Ya desde la edad temprana es importante aprender las técnicas de meditación y del silencio como forma de comunicación y herramienta estimulante de las neuronas. Aunque la dificultad es obvia en las primeras etapas, se compensa con la espontaneidad del niño, que hace que esta experiencia precoz sea gratificante, al tiempo que regula su estado emocional, con resultados sorprendentes. Son también evidentes los beneficios de la meditación en los adolescentes; inmersos en un proceso de búsqueda de su identidad, muchas veces ellos usan el silencio como barrera para aislarse de los demás; sin embargo, la práctica meditativa les ayuda a reducir la ansiedad, a disfrutar conscientemente de sus emociones, a descubrir sus propios valores e impulsar sus ideas, a defenderse con mayor eficacia de tentaciones adictivas, a relacionarse mejor con el entorno familiar.
Sea cual sea nuestra edad, buscamos el modo más directo de expresar lo interiorizado y la adquisición de un conocimiento fundamental, saber qué somos y qué es lo que queremos ser. El principio de actuación “CONÓCETE A TI MISMO” nos compromete a establecer un diálogo dramático permanente con nosotros mismos, a equilibrar lo que pensamos y sentimos con lo que hacemos, practicando la conciencia plena y el silencio de la voz y de la mente;  «…un silencio ondulado, donde resbalan valles y ecos y que inclina las frentes hacia el suelo».

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