Todo comienzo suele ser más difícil de lo que se espera en cualquier actividad humana, especialmente en las relaciones personales. Gracias al registro de nuestra experiencia previa, somos capaces de proyectar una imagen positiva, libre de todo aquello que no nos gustaría que se repitiera.  Aprendemos de nuestros errores para planificar el futuro  sin volver a cometerlos. Pero la información acumulada  no nos garantiza el éxito, ni mucho menos nos previene del fracaso. En el área afectiva no pueden hacerse grandes planes a largo plazo. Hay que prestar atención y aplicar nuestra energía positiva  a las cosas cotidianas: la familia, los amigos, la sonrisa de nuestros hijos, el acierto gratificante (por más que sea esperado) a la hora de interpretar los sentimientos de los demás, de ayudar a reponer las señales que marcan el camino, de valorar la palabra y el gesto de los que nos consideran su referente, el estudio con fundamento, el trabajo bien hecho, una caricia a tiempo, esa huella de nuestro tacto personal. Y plantar cara al dolor y a la adversidad, a la oferta de placer fácil, al triunfo repentino, al fracaso inesperado…  Todo forma parte de la misma urdimbre, y del esmero con que la hacemos depende la calidad del tejido de nuestra vida. No son voces de un gurú, ni místicas locuciones  interiores, ni promesas comerciales de rejuvenecimiento;  es nuestra propia consciencia de lo que somos y de lo que podemos llegar a ser, manejando nuestros recursos físicos y psíquicos y construyendo con ellos nuestro futuro día a día, con la pretensión de que se cumplan  nuestros sueños, lo que nos impulsa a buscar la perfección de nuestros actos, gracias a las huellas que dejamos en los demás. De la misma manera, reconocemos las de todos los que de una forma u otra van tocando nuestra alma. Algunas son simples trazas, pero todas dejan marca indeleble. El trabajo minucioso de nuestra mente consiste en realzar las más penetrantes y maquillar las más agresivas, que siguen ahí, bajo una espesa capa de intencionado olvido, mezclado con una sustancia embellecedora que produce cierto prurito cuando nos limpiamos la cara delante del espejo de nuestra conciencia (porque «hoy miramos con recelo lo que solo ayer nos fascinaba»). Nuestras cualidades anímicas imprimen carácter a las huellas que revelan nuestra superación personal, a la que lícitamente podemos y debemos  aspirar. Conforme se van haciendo más visibles, la mente puede gestionar sus recursos con mayor eficacia. Todo individuo, desde que nace,  adquiere capacidad para desarrollarse  integralmente. En este recorrido vital, ciertas partes constructivas de nuestro cuerpo adquieren una especial relevancia. Las orejas no dejan de crecer, pero no es gracias a su tamaño por lo que se incrementa la capacidad de escuchar; los ojos, en cambio, empequeñecen y se rodean de arrugas, lo cual no impide que la observación se haga más comprensiva y atenta. En cuanto a la boca, sea grande o pequeña, solo el silencio controla el flujo verbal de pensamiento subjetivo que se desliza entre sus rictus y muecas. Desde la perspectiva juvenil, esos elementos constitutivos de nuestra entidad física pueden, además, ser realmente atractivos, sensuales, imprescindibles catalizadores de las relaciones afectivas. No es muy diferente la percepción del adulto, aunque con la edad cambia la perspectiva, y por tanto, el volumen y luminiscencia de esas señales que flanquean  el camino adquieren una dimensión más ponderada. Pero son los atributos esenciales de la mente los que nutren las emociones y se responsabilizan del desarrollo cognitivo y del equilibrio afectivo, tanto si luce el sol radiante de la niñez, como si brilla la intensa luz de los apasionantes años de adolescencia y juventud, o si la bruma oscurece el horizonte borroso de la edad avanzada. En todo caso, es imprescindible recorrer una etapa tras otra sin desfallecer. Pocos filósofos de nuestro tiempo se han resistido a utilizar la alegoría del poeta, “caminante no hay camino…” Quizá porque tenemos grabado en nuestros genes que no es posible detenerse, y nuestra experiencia diaria nos lo confirma.  Aludiendo a la imagen, no es que cambie el tamaño de las señales: las aguas del mar son siempre igual de profundas para todos;  lo que cambia es nuestra punto de observación, jalonada de dudas, certezas, y sobre todo de expectativas. El gabinete del psicólogo proporciona un lugar de escucha activa holística, haciendo que desaparezcan los ruidos internos, donde iniciar una  restauración de la mente en caso de desorientación o dolencia, donde estimular la práctica de la meditación sobre nuestra realidad espiritual y despertar la consciencia de nuestra capacidad de superación de los obstáculos. Por lo demás, el proceso de mejora depende de nuestra decisión de andar sin detenernos, libres de prejuicios. Ese es nuestro reto ineludible y apasionante; y asumirlo con valor es una señal de sabiduría. “Lo que tenéis que hacer para alcanzar la plenitud es escuchar vuestra propia voz” (A. Gala)

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