La necesidad de reflexionar sobre las vivencias cotidianas, buscando en la consciencia la fuente de energía racional y creativa, más allá de la intuición supraconsciente, está profundamente arraigada en el ser humano. “Así, pues, contempla estos sucesos que se producen en tal secreto y observa su poder, de la misma manera que nosotros vemos el poder que inclina los cuerpos hacia abajo y los hace subir, no con los ojos, pero no por eso con menor claridad” (Las meditaciones, de Marco Aurelio). Todo lo que entra en o sale de nuestro cuerpo, el aire que respiramos, cualquier alimento por sencillo que sea, es susceptible de ser observado con atención para averiguar de qué modo influye en nuestro desarrollo psicofisiológico. Jon Kabat-Zinn nos propone el sugerente ejemplo de la uva pasa. Ese humilde fruto arrugado, compendio de texturas y aromas esenciales, resultado de un cultivo milenario, de esfuerzo colectivo y compleja manipulación, representa una intensa experiencia de crecimiento arracimado pendiente de su anclaje vital, hasta llegar a formar parte de un ejercicio de meditación perceptiva. Podría ser un símbolo de nuestra propia mente, evolucionada y repleta de frutos, dispuestos a ser compartidos con quien quiera experimentar todo nuestro caudal de pensamiento y creatividad. Reflexionar sobre el valor intrínseco de ese fruto nos ayuda a tomar conciencia de nuestra singularidad, reforzar la autoestima y estimular el comportamiento positivo, implicándonos en la construcción de un presente provechoso para nuestro proyecto de vida. Las arrugas de las pasa, delicadamente perceptibles al tacto, nos advierten de la brevedad de la lozanía de juventud sin perder un ápice de su calidad nutritiva gracias a una correcta manipulación, al tiempo que sugieren la aceptación optimista de su presencia en el cuerpo de todo ser vivo. La mente, asimismo, es capaz de conservar todos sus talentos, incluso acrecentarlos, si cuenta con los estímulos adecuados. Naturalmente, no está libre de ser influenciada por consignas excluyentes de toda reflexión personal; es un riesgo al que todo individuo está expuesto, especialmente en sus etapas más vulnerables, las de niñez y adolescencia; de ahí la importancia de la práctica temprana de Mindfulness en las escuelas. La metáfora de la uva pasa nos propone un constante movimiento de ascenso y descenso, sin detenernos en los valles ni permanecer mucho tiempo en lo alto de cada cresta de sus arrugas. Recorrer la piel de este fruto nos invita a reflexionar sobre nuestra propia identidad y a descubrir las causas de nuestras discordancias mentales con el entorno para sentirnos a gusto con nosotros mismos, aceptándonos tal como somos, responsables últimos de nuestros actos. Citando a Pablo d’Ors, “a ese dedo que apunta a los demás, la meditación le da la vuelta hacia nosotros mismos”.
En nuestra sociedad predomina el entrenamiento para la acción continua. Desde esta perspectiva, ser plenamente conscientes de cada instante de nuestra vida nos lleva con frecuencia a exigirnos una permanente respuesta activa, apenas sin espacio para preguntarnos sobre los beneficios de la meditación y del silencio. Su práctica sistematizada se ha visto restringida durante mucho tiempo a ciertos ámbitos de marcado carácter meditativo o religioso. Por suerte, esta actitud ha cambiado en nuestros días. Hoy nadie duda de las ventajas inherentes a tales estados, más o menos frecuentados, incorporados al campo de la salud y de la vida laboral. Superando criterios utilitaristas en términos de éxito social, hemos reaccionado ante la falta de atención, en parte motivada por la sobreabundancia de estímulos que procesa nuestra mente, atendiendo otras enseñanzas que inciden en la profundización de nuestra dimensión espiritual. La coherencia con nuestros valores personales nos demanda ser conscientes del aquí y el ahora con un firme propósito de superación basado en la aceptación y en la flexibilidad de nuestras elecciones, convencidos de que solo nuestros actos pueden generar un sólido estado de bienestar y equilibrio personal, siempre que estén correctamente encaminados hacia nuestros objetivos, de acuerdo con la interpretación subjetiva que de ellos podamos hacer.
Por último, adquirir conciencia plena de nuestra realidad debería estimular nuestra alegría y gratitud por saber administrar unos talentos y capacidades que nos permiten interrelacionarnos con los demás de manera positiva, teniendo presente que “nuestra meta humana es librarnos de las cadenas que nos atan… al modo de tener de la existencia, para llegar a ser plenamente”.
El grano de uva pasa es lo accesorio, lo esencial es el proceso interior que nos ayuda a saborear el poder de la mente y los frutos de la meditación.

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