Los elementos fundamentales que sustentan nuestra percepción de la realidad deberían hacernos respetuosos con los modos convencionales de comportamiento, cautelosos ante los cambios bruscos de tendencias sociales y, al mismo tiempo, flexibles para adaptarnos a toda nueva situación, por difícil y desafiante que esta pueda ser, sin que ello suponga perversión de nuestras convicciones esenciales. Generalmente procuramos andar al ritmo de la mayoría, evitando disonancias con el entorno. Si no damos notas discordantes, deducimos que vamos por el buen camino. Somos capaces de encontrar resquicios para escapar de la presión social, sin embargo no siempre salimos ilesos de un conflicto emocional, condicionado por la estructura familiar y los círculos de amistad, por normas y límites que encorsetan, por manuales que ofrecen definiciones globales sin tener en cuenta los características particulares… Como otras ciencias que estudian el comportamiento humano, la Psicología profundiza en el conocimiento de la mente, ofreciendo nuevas perspectivas que abren caminos hacia la concepción integral del individuo. La mente necesita clasificar el comportamiento individual para encajar netamente en los estereotipos sociales. De este modo va adquiriendo elasticidad, resiliencia y un alto nivel de comprensión de las situaciones más complejas. De lo contrario, se debate entre dudas acuciantes que reducen notablemente su capacidad para tomar decisiones. Un prurito de agudeza mental no ayuda precisamente a superar los conflictos emocionales, más bien puede terminar afectando la capacidad de aceptación de lo diferente, que, entendido en un sentido amplio, incluye todo aquello que no responde a los patrones de conducta social, en cualquiera de los ámbitos antes mencionados. De lo dicho se deduce la importancia de mantener activas cada una de las funciones mentales sin olvidar que todo buen fundamento, no siendo hereditario, se construye activamente en un entorno afectivo saludable. La maduración es el resultado natural de este proceso, y requiere de un templado del carácter para afrontar las dificultades de cada momento. Una vez más, es importante recordar que nunca falta la mano del experto que nos acompaña siempre que lo necesitamos. El psicólogo llega a ser elemento clave para identificar síntomas, precisar un problema, ayudarnos a descubrir las causas de un bloqueo relacional, aparentemente inocuo, tal vez por la abundancia de anomalías que nos rodean, disfrazadas de atrevimiento y fantasía en el mejor de los casos, o de perverso desafío a lo socialmente correcto; y lo más importante, proponer soluciones efectivas. Enfrentarse a las situaciones adversas pone a prueba nuestros mecanismos de defensa. Si logramos superarlas, aumenta nuestra capacidad de resiliencia, y también nos aporta una carga adicional de autoestima. Aunque básicamente es un proceso constructivo, la recuperación tras una situación traumática puede producir ocasionalmente efectos inesperados entre los que están a nuestro lado, como consecuencia de un desplazamiento de nuestros sentimientos postraumáticos. La interactividad con los demás nos compromete a un intercambio de afecto de signo positivo, pero a veces adoptamos actitudes reactivas de despecho frente a quienes pudieran habernos dejado desamparados, proyectando en ellos nuestros propios errores. Cada uno de nosotros se enfrenta a los problemas de una manera diferente, y de los demás esperamos apoyos específicos: en algunos buscamos su fortaleza, en otros encontramos consuelo, pero solo en nosotros reside la responsabilidad de reaccionar. Las armas con que contamos necesitan afinamiento, y nuestra estrategia, ajustes permanentes. Llegamos a la conclusión de que, como el acero, podemos brillar si nos pulimos, pero podemos llegar a ser cortantes si nos afilamos demasiado. Por otra parte, si no estamos en proceso continuo de formación, el entumecimiento podría afectar a los cimientos de nuestra educación, de nuestros principios. El bienestar psicológico se construye superando aspectos negativos, a base de ejercicio diario de nuestras facultades; no siempre resulta fácil distinguir una actitud perseverante de un empecinamiento a ciegas, y la eficacia de un tratamiento curativo no es apreciable hasta que no se lleva algún tiempo sometido a él. En cualquier caso, desde una perspectiva humanista, la salud mental es nuestra máxima prioridad (pirámide de A. Maslow). En este proceso de autorrealización nuestra energía vital ha de concentrarse en mejorar lo que la naturaleza nos ha dado, lo que vamos adquiriendo con esfuerzo, día a día, y todo aquello que nos prestan nuestros compañeros de viaje. Si queremos lograr un desarrollo integral, es primordial reforzar nuestros vínculos afectivos. Constituyen el fundamento de las conexiones que necesitamos para movernos con soltura por las redes neuronales de nuestra mente, imprescindibles para consolidar la conciencia de nosotros mismos y de los demás, de nuestra totalidad, de nuestra aceptación del otro en toda su complejidad; para valorar en su justa medida nuestra dimensión emocional; en definitiva, para lograr el equilibrio personal y disfrutar, si es posible, de las experiencias positivas de la vida (“…en las que el tiempo tiende a desvanecerse y el sentimiento que sobrecoge hace parecer que todas las necesidades se hallan colmadas”. A. Maslow)

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